Tomados de la mano cruzaron frente a mí, al paso lento del tiempo. Yo tenía prisa, estaba cansada y quería llegar a casa. ¡Ah! Tenía que parar en la gasolinera, el tanque de gasolina estaba casi vacío.

clip_image002

Ellos ni parecían percatarse de lo que había a su alrededor. Amarraditos mirando hacia el frente caminaban como si no quisieran lastimar el pavimento. En una danza de Morel Campos marcaban su paso lento, mientras las ramas de los árboles de la plaza saludaban alegres al sol caliente de Salinas.

—¡Dios Mío, que avancen! ¡Quiero llegar ya!—

A mitad del cruce de calle, se detienen. A la viejita se le cayó la cartera.

—-¿Y ahora?—

Con una palmada, él le hace saber que tiene el control, se agacha a recoger la cartera y se la coloca a ella en el hombro como quien está

clip_image004

vistiendo a una muñeca. Se miran y sonríen. Él le susurra una promesa… “Yo tengo ya la casita que tanto te prometí, y llena de margaritas, para ti, para mí. Entre romances y flores, formaremos nuestro hogar”. Le acaricia el rostro y amarraditos vuelven a caminar hasta el otro extremo de la calle.

Ya entonces mi prisa fue menguando. Observé el movimiento de la brisa en aquella falda fruncida y tan familiar. Recordé aquel moño bordado en relucientes hebras plateadas con la maestría del mejor artesano de cabellos. Vi como el caballero sacó su pañuelo para secar la transpiración de sus surcos faciales. Pliegues que guardan sabrá Dios qué dolores y emociones. Llegaron a la cuneta y él la agarra por la cintura acercando su cuerpo al de ella, apoyando la frágil gacela contra su pecho, hasta asegurarse de que pisa firme la acera.

Se me aguaron los ojos…Ella en puntillas le alcanzó un beso de piquito al caballero. Yo presa del tiempo en mi automóvil. Ellos presos de un amor que sobrepasa los límites. Se voltearon hacia mí, sonreídos y radiantes. Él me saludó tocando el ala de su sombrero, ella me sopló un beso.

Sentí un derrame de recuerdos gratos, gardenias, capullos de alhelí, guitarras, voces entonando canciones y risas del balcón en la casa grande. “Ahora seremos felices, ahora podemos cantar, aquella canción que dice así con su ritmo sin igual. Lo le lo lay le lo lay, lo le lo lay, le lo lay…¡Que Dios nos de mucha vida negra y mucha felicidad!”

—¡Cabrona, hija de la gran puta! ¡Acaba que ya está verde!—dijo el conductor del vehículo que me seguía.

Un instante y ni cuenta me di. El perfume, igual que la visión, desapareció. El semáforo cambió su luz a verde como las hojas, como el billete que me pagan por la vida que regalo a la muerte en cada milla y hora de mi prisa.