El almanaque marcaba 18 de junio de 1964. La tragedia se cernía sobre el llano costero de la comarca del cacique Abey. La parca con su guadaña afilada y reluciente lista para atacar, revoloteaba como guaraguao en busca de su presa por el espacio aéreo del valle.  El sol plomizo castigaba sin clemencia la tierra. El viento, en calma, renunciando a acariciar las hojas de los árboles y a refrescar el ambiente. No se oía el cántico de las aves, que estaban taciturnas, como presintiendo un desenlace fatal.

Abajo, la población ajena al destino que daría un golpe contundente  al devenir de los habitantes, continuaba las faenas cotidianas de un sábado cualquiera.  Los trabajadores, deseosos que el reloj marcara la hora de salida para comenzar a disfrutar el fin de semana.  Algunos de los pobladores en las barras, cafetines y ventorrillos disfrutando de refrigerios y tragos o apertrechándose de víveres.  Las conversaciones eran las cotidianas. Comentaban las noticias del día, los acontecimientos pueblerinos, los problemas individuales y los planes para el fin de semana.  Nada extraordinario.

Dos amigos, Carlitos y yo lavábamos alegremente el carro Rambler último modelo, blanco como la nieve, que el padre de él había  adquirido hacía unos día. Lo dejamos brilloso como la seda.  También lavamos y brillamos el carro viejo, un Dodge rojo.

El automóvil nuevo tenía todos los “powers”.  El carro viejo, que no dio en “trade in” era para que Carlitos lo usara para ir a la universidad, donde comenzaría sus estudios de leyes y se haría abogado como su padre. En mayo de ese año, al igual que yo, habíamos concluido el bachillerato.

-Esta noche tendré carro para  ir a pasear,  papi me prestará el Dodge.-

-¡Qué bien!, le dije. Yo saldré con mi novia.-

-Pórtate bien para que se repita- me respondió.

Y así seguimos la conversación hasta que terminamos de lavar ambos carros. Al terminar la tarea  nos despedimos con un  “hasta la noche”.

Carlitos tenía unos 21 años.  Era flaco, alto, rubio de ojos claros y de buena presencia.  Era inteligente, buen conversador y sobre todo buen amigo.  Nos conocíamos desde muy jóvenes y teníamos una relación de amistad bien estrecha.

Ramón Navarro, conocido por Taito, que en ese momento tenía 17 años de edad,  aunque más joven que nosotros, se había ganado nuestra amistad y afecto. Era un joven simpático, jovial, inteligente y fácil para conversar con él.  En sus planes estaba reunirse con nosotros en la noche y los demás compañeros para pasarla bien.

A eso de las ocho de la noche yo estaba con Nora, mi novia, en el Maya’s  Inn, lugar preferido del grupo de amigos, tomando unos refrigerios.  Carlitos llegó y se sentó a conversar con nosotros. Después de los saludos de rigor, tomó de lo que teníamos, hablamos de varios temas y se despidió. Nos dijo que iba a dar una vuelta en el carro, pero no dijo en qué carro.

Regresó una hora más tarde y estuvo otro rato con nosotros. Me dijo que tenía el carro nuevo de su padre.  Eso me sorprendió porque el carro que le iban a prestar era el viejo, no el nuevo. No hice ningún comentario, pero pensé que  Carlos padre no se arriesgaría a prestarle el lujoso Rambler. Sacudí la cabeza y salí de mis pensamientos.  Carlitos estaba locuaz, alegre y feliz y eso me alegraba a mí también.  Ya yo estaba feliz porque estaba con mi novia disfrutando de su compañía.

A  eso de las once de la noche llevé a Nora a casa de su tío. De regreso me detuve en El Escambrón.  No sé cuanto tiempo estuve allí. Lo peculiar de mi estadía en el lugar es que pasada la media noche hubo un apagón que duró varios minutos.

Cuando volvió la luz, decidimos irnos a la terraza de don Cornelio Alvarado a romper la noche, como tantas otras noches de viernes o sábado lo hacíamos.   La terraza estaba a la salida del pueblo hacia Cayey después de pasar el barrio Las Marías.  El lugar era un bar restaurante y negocio de expendio de gasolina.

La terraza estaba sobre el techo del bar restaurante. Desde allí podíamos ver el sol nacer en el horizonte extendiendo sus divinos colores sobre el extenso y verde cañaveral. Era una experiencia única, matizada por el intelectualismo de unos estudiantes universitarios llenos de ideales.

Como en esa ocasión éramos muchos juntamos varias mesas y comenzó la bohemia. No había instrumentos musicales, sólo la música nostálgica y melosa de una vellonera y la conversación amigable de estudiantes universitarios con guille de intelectuales. Se hablaba de literatura, de música, de política y de temas inconsecuentes, chistes y otras banalidades que no lo eran. La plática era amena e interesante. Entre trago y trago celebrábamos la vida, la juventud y el optimismo del estudiante universitario.

Como a la hora de estar en la terraza se nos unió el licenciado Carlos Dávila, el padre de Carlitos, abogado de muchos años de experiencia que nos conocía a todos nosotros y a nuestros progenitores. Preguntó por su hijo y la respuesta nuestra fue que no sabíamos dónde estaba.  Se mantuvo con el grupo, quizás pensando que Carlitos llegaría allí en cualquier momento.

La noche prometía ser espléndida. Pero la vida a veces da unos golpes rudos e inesperados que no logramos comprender. A eso de la una de la madrugada subió Junior Pabón con una noticia espantosa que nos petrificó a todos momentáneamente, especialmente al licenciado Dávila.  Junior a mitad de escalera gritó nerviosamente: -¡Carlitos y Taito se mataron en un accidente!-

Luego del shock momentáneo  corrimos  para  que nos diera más detalles. –Fue en la curva de la subestación de la Jagua, allí fue el accidente. Los cadáveres todavía están en la calle.-

En mi confusión no sé que hizo Carlos Dávila.  Tampoco en qué carro me monté para ir a la escena del accidente. En el claroscuro del momento creo que me monté en el carro viejo con él.

Cuando llegué al lugar fatídico al  primero que vi fue a Luis Mateo, que es anestesista y amigo de siempre. Estaba dirigiendo el tránsito. Le pregunté qué había pasado, me explicó y me indicó donde yacía el cuerpo inerte y destrozado de Carlitos. La impresión que recibí fue terrible, se me apagaron los sentidos y el corazón me dio un vuelco.  Mi amigo de siempre estaba boca arriba con una herida desde el pecho hasta más abajo del ombligo.

El cadáver de Taito estaba boca abajo a la orilla de la carretera cerca de unos alambres de púa.  Tenía una herida profunda en el cráneo.  La escena era dantesca y me llenó de horror.

El Rambler nuevo estaba destrozado. El impacto fue de tal naturaleza que el auto parecía un pedazo de metal enrollado. Algunas partes se le habían desprendido y yacían esparcidos por todas partes como fiera desmembrada.  Nosotros estábamos desconsolados.

Luego de que el fiscal de turno ordenó el levantamiento de los cadáveres, los cuerpos de los infortunados los colocaron en una ambulancia y los condujeron al salón del antiguo hospital de Salinas, donde realizaban las autopsias.

Ya prácticamente el pueblo entero de Salinas conocía la desgracia que había ocurrido y los alrededores del hospital se llenaron de gente. La incredulidad y la tristeza se reflejaban en todos los rostros.

Luego de estar un tiempo en el hospital fui a mi casa para comunicarle a mi madre la noticia. Ella ya lo sabía y estaba intranquila.  De ahí me trasladé a la casa del tío de mi novia para también comunicarles la trágica nueva y para que con  mi presencia ella supiera que yo no estaba involucrado en el accidente.  Allí me desahogué y lloré desconsoladamente por mis amigos.

Una vez concluidos los trámites legales correspondientes, les entregaron los cuerpos a las familias.  Según la costumbre de la época, los cadáveres fueron expuestos en las respectivas residencias de los infortunados. Los amigos nos trasladábamos como autómatas de una residencia a la otra. Recordábamos las anécdotas y vivencias de ambos y a veces nos reíamos.  Pero al instante volvía a reflejarse la tristeza en nuestros rostros.

Recuerdo vívamente cuando temprano en la mañana mi madre fue a darle el pésame a Polola, la mamá de Carlitos.  Ella estaba sentada en la cama de Carlitos. Ambas se abrazaron y prorrumpieron en llanto.  Las dos matronas llorando por la pérdida de uno de sus hijos.  Las lágrimas asomaron a mis ojos.

Ya a media tarde salió el cortejo fúnebre de Taito hacia la calle Palmer donde lo esperaba la comitiva fúnebre de Carlitos.  Allí se encontraron ambos amigos, pero esta vez sus cuerpos inertes encerrados en ataúdes blancos sin máculas.

Fueron conducidos hacia la parroquia La Monserrate donde habían sido bautizados de niños y donde tantas veces compartieron la misa dominical. Los padres Escolapios, que en ese momento regenteaban la parroquia, celebraron las exequias fúnebres con todos los honores.  El templo resultó pequeño para la multitud que acompañaba a los dos queridos jóvenes salinenses.

Más tarde, los ataúdes, uno al lado del otro, desfilaban por las calles de Salinas acompañados de sus amigos, familiares y conocidos. Por esas calles  corretearon alegremente los que ahora viajaban hasta su última morada terrenal. Para ellos había concluido la historia. La de nosotros continuaría incierta.

La pena flotaba como un manto negro sobre Salinas.  La tristeza en los corazones, la incredulidad y al final después del llanto y el depósito de los cadáveres en la tierra ardiente y fértil de Salinas, la aceptación del hecho insólito.

Nunca pensé que aquella noche del 18 de junio de 1964, que empezó feliz, se tornaría en fatal, cuando el reloj cambió el día 18 en el 19 del amanecer del otro día, noche que sería la última que hablaría con mi amigo Carlitos y que no lo vería más con vida y que tampoco vería más a mi querido Taito.

Carlitos y Taito han muerto, su historia en este mundo físico concluyó prematuramente, pero para nosotros siguen existiendo porque los recordamos y los llevamos en nuestros corazones.  Por fe, sabemos que la muerte es sólo el final del principio y que con ella comienza el principio del final, que es eterno.

Carlitos y Taito son, junto a otros que ya han partido, los Fraternos Eta Epsilon Sigma, los Eta del Capítulo Eterno.

29 de noviembre de 2009

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa