Arriba del ring era una fiera, con un variado arsenal de alto poder explosivo en los nudillos.
Defendió el título infinidad de veces sin acogerse al consenso de los jueces.
Los chicos de la prensa lo adulaban. El Senado lo proclamó héroe nacional y en Fortaleza lo recibieron a cuerpo de rey.
Una vez saciada el hambre enganchó los guantes.
Como nunca aprendió las reglas del juego en la calle perdió todos los combates por descalificación.
© Josué Santiago de la Cruz
Carlos Monzón (“Escopeta” Monzón, como se le conoció inicialmente en el universo de fistiana), no solamente fue un mediano grande para su peso (160 libras), sino que fue un gigante en el ensogado. Su estructura ósea no revelaba lo que era: un grande del ring. A lo mejor por eso sus adversarios, cuando bajaban del cuadrángulo (a la mayoría los bajaron) con las huellas de sus manos dibujadas en sus rostros y cuerpos resentidos, no dejaban de preguntarse cómo aquel hombre con un rostro de galán de cine y un cuerpo que le hacía juego fuese capaz de causar tanto daño a sus más recios y mejor equipados, físicamente, oponentes.
Arriba del cuadrángulo pugilístico, Carlos Monzón fue una figura sin parangón dentro de las 160 libras y uno de los pocos, junto a nuestro Sixto Escobar y Rocky Marciano, en enganchar los guantes aún siendo monarcas universales del más difícil, cruel y extenuante deporte que conoce la humanidad.
Si grande, en grado superlativo, fue sobre el “canvas”, más grandes y monumentales fueron sus descalabros más allá del Luna Park, donde el adversario pega durísimo y sin piedad, donde no hay un tercer hombre velando porque se sigan las normas preestablecidas, donde no hay minutos de reposo ni voces que orienten ni manos que enarbolen la toalla.
La calle tiene sus propias reglas, su propia escala de valores y lo que arriba del “ring” es permitido, es punitivo en la calle. Pero nadie, como Alfredo “El Salsero” Escalera (puertorriqueño. Campeón Mundial de los Ligero Jr., 130 libras de peso reglamentario) lo ha expresado mejor:
“En mi negocio si das con la cabeza te penalizan y hasta puede uno perder por descalificación, pero en la calle todos los golpes tienen que darse por la cabeza. Si metes los puños pierdes”.
Pensando Monzón, el ídolo de mi juventud en el terreno pugilístico, escribí El pugilista, que está en borrador.
Excelente Josué, la calle no es el ring, es un cuadrilátero de salvaje estructura donde no hay reglas, sólo el sálvese quien pueda. Tú conoces bien de cerca a los que se abren paso en este rudo deporte, triunfan o se caen, pero en la vida la mayor de las veces fracasan. Recuerdo a Carlos Monzón, mi triste célebre compatriota…
El que está envuelto en el deporte de las orejas rojas y las narices achatadas se da cuenta que en el poder de los puños no está el alcanze de todos los placeres.También se sufre y en el pujilista vemos que todo no es color de oro. Excelente amigo.