Para los cristianos, el sacrificio del Gólgota resume la totalidad de su prédica. Nada hay en los anales del cristianismo que se compare a lo que Jesús, siendo Padre, Hijo y Espíritu Santo a un mismo tiempo, sufriera aquella inclasificable agonía, como hombre, en la Cruz.
 
 El anuncio de su arribo, la gesta espectacular de Juan el Bautista, el milagro de su creación, su no menos espectacular encuentro con los doctores de la Ley, su gestión proselitista que lo llevó a las cortes del imperio romano y de ahí al Calvario, relatan la historia de un ser divino que vivió, en la carne, las tentaciones propias del hombre común y el dolor terrible, inconmensurable, que nada más un ente extraterrenal puede resistir, porque más allá del dolor, según las Escrituras, se encuentra la salvación.
 

Los pueblos, porque la vida del ser humano y su comportamiento en sociedad es extraordinariamente compleja e impredecible, más compleja aún que lo que arriba les conté, pasan por ciertos grados de empobrecimiento espiritual que como el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (SIDA), los exponen a la merced de un abanico de infecciones que pueden hacerlos, como lo han hecho en el pasado, desaparecer de la faz del planeta.

El gobierno, como la ruta hacia el Gólgota, puede convertirse en ese calvario de donde habremos de emerger redimidos o destruidos. Es por eso que no podemos dejar en manos de nuestros gobernantes aquellos asuntos que respondan a nuestra identidad y valoración de nuestro legado histórico.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Sobre esas cosas no se puede legislar y para mantenerlas a salvo del poder ejecutivo y el legislativo, para que cada cuatro u ocho años no venga un nuevo alcalde y una legislatura a querer cambiar la configuración de nuestros símbolos, es menester crear una legislación para esos fines. Una pieza legislativa que proteja la Plaza/Museo de los Fundadores. Pero primero tenemos que devolverle su nombre y su significado.

Cuando le escribí a nuestro Alcalde (Hon. Carlos J. Rodríguez Mateo) y a dos de sus legisladores (José Luis Rivera Meléndez y Emilio Nieves Torres), solamente José Luis se dignó a contestar. Fue un llamado a la cordura y a la inteligencia. Pero parece ser que ni una ni la otra labora en el ayuntamiento de Salinas.

¿Cuántas veces, ante la adversidad, no hemos repetido la oración de Jesús en Getsemaní: “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa”? Pero, al igual que al Maestro, cuando es justa nuestra causa, ¿cuántas veces no ha acudido a nuestro auxilio Su mano redentora?
 
Mi postura es clara e inamovible: preservar nuestros monumentos y educar a nuestra gente en su valoración.
 
Josué Santiago de la Cruz