Amazona Vitata
Gracias por tu oratoria silvestre
La familia Ortiz-Dávila que forjaron Cheche y Vicenta tenía la costumbre de asar un lechón la Víspera de Nochebuena. Aquel ritual navideño anual comenzaba temprano en la mañana cuando el Patriarca de la familia, Cheche, recogía a todos los nietos y los llevaba a la casa paterna para que observaran y participaran en el proceso.
Recuerdo que Félix Iván de pequeñín solía decir cuando llegaba: Abuela aquí estoy que voy a hacer.” Cada nieto tenía una pequeña tarea asignada. Era tradición que todos, adultos, jóvenes y niños, se alternaran a rotar la vara, lo que causaba alegría y entusiasmo.
Existía la costumbre de rellenar con pan el lechón para que según se fuera asando, el pan absorbiera la grasa condimentada y quedara tostadito. Una vez el pan quedaba tostado se repartía como una delicia y exquisitez gourmet. Gustaba tanto que había que repetir varias veces aquel arte culinario. Hay que decir que el rabito y las orejas del lechón tenían dueños insustituibles.
En una de esas vísperas de Nochebuena todo marchaba según lo acostumbrado hasta que llegó un visitante inesperado que parecía haberse tomado dos o tres leches batidas adulteradas a 86 grados prueba. Al ver que se asaba un lechón pronunció una conferencia magistral sobre las artes apropiadas para asar la exquisita carne del cuadrúpedo animal. Uno tras otro dio sus consejos culinarios:
- Se toma una cacerola con manteca o aceite, se le hecha achiote y se coloca en las brazas de carbón
- Se prepara una vara con varias plumas de aves amarradas en la punta. Esta será la brocha para embadurnar al lechón con manteca de achiote.
- Acercar o retirar el carbón de manera que el lechón quede bien dorado y que el cuerito quede bien tostado y crujiente.
Una vez acabada la presuntuosa conferencia sobre lo que todos sabían, a alguien se le ocurrió gastarle una broma al presumido borrachito. El bromista fue a la nevera y sacó una cabeza de lechón destinada para preparar relleno de pasteles. Sin que el inesperado visitante se diera cuenta, tomó la cabeza y la insertó en la parte trasera del lechón que se estaba asando.
Pasado un rato, el visitante se acercó al fogón donde se asaba el lechón a la vara, se estrujó los ojos y dijo:
– ¡Ese lechón tiene dos cabezas!
Ninguno de los presente dio por existente al lechón bicéfalo. Por el contrario negaban como absurda la visión del embriagado visitante. Aturdido se me acercó y me dijo:
―Vizcarrondo, dime la verdad, ¿ese lechón tiene dos cabezas?
Le contesté en la negativa y con cara de total seriedad le exprese:
― Si tuviera dos cabezas, lo venderíamos a un Circo.
El confundido visitante riposto con rostro angustiado:
― Mejor es que me vaya pal carajo. Estoy viendo guareto y no soy bizco. Ya estoy jendio. Así no voy a llegar hasta la noche.
Buscó la salida y sin despedirse de nadie se alejó tambaleando. En uno de sus bolsillos trasero se dibuja la silueta de una caneca de Palo Viejo.
©Félx Ortiz Vizcarrondo
Iris, enviame un correo a encuentroalsur@gmail.com, tengo algo que decirte.
Gracias a Dios participe en varias fiestas de la Familia Ortiz. Eran muy alegres y todos nos sentiamos como de la familia. Recordar es vivir. Saludos a todos mis queridos amigos de la infancia: Los Cheches…….
Cuando leíamos el relato antes de publicarse le pregunté a Félix quien era el personaje central del cuento. El me dije que no se acordaba muy bien pero mencionó un nombre. Félix, Toño está en el retrato que acompaña la estampa.
Dios me los bendiga. Tremendos comentarios sobre la Familia Ortiz -Davila, Desde Don Cheche, que se pasaba haciendome broma, pero muy serio, amigo de mi Padre y su Hermano Don Fran; pero tremendo padres, Tito cheche, Felix, Evelyn, Madeline y demás Hermanos. Hoy en día tratamos de llevar esa tradición pero es bien cuesta arriba, que pena, ejemplos de esa época son muy poco hoy en día, Dios me los cuide y muchas bendiciones.
Magnífico comentario, Sergio, y muy cierto. En Talas Viejas todos los años o cuando llegaba de los nuyores un familiar o amistades de la familia, se compraba un cerdo o se tomaba uno de la cría ya existente. Mami siempre tenía uno a la disposición.
Recuerdo con especial viveza un tronco de lechón tan grande y tan tremendamente esquivo que mi viejo, hombre cristiano y en nada violento, aunque tenía su carácter, tuvo que amarrarle las patas y posicionando su cabeza entre sus piernas le encestó un soberano marronazo que trastabilló al pobre animal de tal manera que le provocó convulsiones. Lo subimos a la mesa y a mi me iniciaron en las artes del matarife. Busqué con los dedos de la mano izquierda, imitando al viejo, las palpitaciones del corazón y cuando las encontré le hundí hasta el ocho de bastos el largo y afilado cuchillo, mientras la vieja, sujetando una olla con sal y otros condimentos, aguardaba que yo sacara el cuchillo para recoger la sangre que salía a borbotones.
Luego con mucho cuidado para no cocinar la carne, se le pasaba, muy pegada al pellejo, el agua hirviendo para quitarles el pelo. Pelado y limpio el cerdo lo que procedía era abrirlo, quitarle el mondongo con lo que se confeccionaban las morcillas y se hacía la gandinga. Lo demás ya ha sido descrito aquí
Les confieso que de no ser lo que soy me hubiese gustado ser matapuercos.
El lechón se coge
se mata y se pela,
el lechón se coge
se mata y se pela
se pone en la vara
y se le da candela,
se pone en la vara
y se le da candela.
El jocoso escrito de Félix además de recordarnos lo que era costumbre de muchas familias de nuestro pueblo, de que a la menor provocación se hacia una reunión familiar para compartir y agrandar los nexos de amistad con los vecinos, nos describes como era la costumbre de preparar y asar el lechón.
Hoy día el lechón se asa en la vara pero de forma mecánica, la vara tiene su motor lo que elimina el proceso en donde participaba toda la familia dándole su vuelta. El penacho, como lo llamaba mi suegro Lope (qepd), para embadurnar el lechón con manteca de achiote ya hoy día es una pieza de colección.
Interesante e historica foto donde puedo identificar por nombre a Mr.Valero y su esposa, una de las hermanas mayores de mi companera escolar: Evelyn Ortiz Davila. Al fondo veo a Nibo y al popularisimo Luis Walton Serrano Vega. El de la gorrita blanca, si no me equivoco es Tito Cheche. La rubia con la botella en la mano, recuerdo el rostro, pero desconozco el nombre.
Si que mueve a risa este relato vivencial de nuestro estimado Félix. Y me trae gratos recuerdos, porque fiestas como ésa se repetían en el Patio Ortiz varias veces al año: bautismos, Día de Reyes o simplemente por algún otro motivo surgido en el clan familiar. Entre estos ortises habían unos con vocación de matarifes al margen de la ley, que habilidosamente lo mismo mataban un cerdo que un cabro o una simple gallina.
Exponer a los más pequeños a tal carnicería no era un acto de crueldad sino de supervivencia. Aprender a preparar los alimentos cárnicos sin miramiento, era un requisito de vida pues, contrario a hoy en día, no existían grandes supermercados con neveras repletas de carnes. Los niños aprendían cómo se limpia un pollo antes de cocerlo y que los pescados tenían que ser escamados y sacarle las entrañas antes de freírlos.
Los niños de estos tiempos han perdido esas nociones y hasta creen que los pollos nacen en árboles tal como presentados en las neveras de los comercios. Menos aún saben que hay que quitarle las escamas a los pescados antes de cocinarlos.
Desde cualquier perspectiva miro aquellas experiencias como un legado existencial apegado a la naturaleza. Recrearlo siempre conmueve y ayuda a reflexionar sobre los cambios enormes que nos han acompañado desde esos tiempos de enantes.
Sin duda una de las estampas más hilarantes de las que he leído en mi vida. Félix, mi amigo y admirado Félix, ha hilvanado muy bien las palabras para dejarnos una joya que pasará a ser un clásico en la ingente literatura salinense. Sus personajes son, por derecho propio, figuras legendarias en Salinas y ese cuadro que tan magistralmente nos pinta nuestro amigo Félix nos trae a un pedestal de donde ya no podrán bajarse. Gracias amigo salinense por ser quien eres y como eres y por legarnos ese pedazo de tu ser interior. No sabes cuánto te estimo. Josué