Dios creó al mundo para establecer un patrimonio para la gente.

El exiliado extrañó  su pueblo y  al regresar de un lugar desconocido, fue al centro de la plaza y meditó. Bajo la penumbra de la iglesia, unas palomas blancas picoteaban unos saleros hechos de metal y una a una sobrevoló su conciencia.

Miró hacia la desaparecida tarima y se percató de que faltaban cosas: sus amigos, sus bancos, sus árboles y sus amplios cañaverales. Faltaban muchas cosas, ausencias que lo hundieron en la nostalgia.

—Ya no es lo mismo que ayer, todo ha cambiado.—

— Tengo que recobrar el pasado. Encontraré mis huellas— dijo, melancólico.

Con gran motivación caminó hacia el Río Niguas. Vagó por sus riberas, pero no pudo llegar al  Coco, los arbustos se lo impidieron.

Fue al Pueblito y el Pipote ya no estaba. El altar de mármol y los santos de la iglesia tampoco.

Aguirre era la sombra de lo que un día fue: sustento de millares. Ahora, un poblado fantasma donde los hoteles y el hospital son víctimas del abandono.

Cuando llegó a la alcaldía se percató que el alcalde era escoltado dócilmente por un cuerpo extraño camino hacia El Pueblito, con un rótulo debajo del sobaco y allí lo enterró.

©Edwin Ferrer