Josué Santiago escribe.

No. No escribe, no, Josué Santiago recrea la realidad.

No. Tampoco. Tampoco es eso…

¿Qué diablos hace Josué Santiago cuando hace un microrrelato?…

Hay un mundo que pudo ser y otro que será, y otro que es, y de pronto Josué aparece y dice que no, que ni uno, ni dos, ni tres, sino otro, otro mundo, ese que usted, que yo, y que el otro no quiere, no sabe o no puede ver. Y aparecen entonces historias, cosas, seres, ay los desclasados que tanto quiere Josué, y las mujeres, las bellas, las putas, las danzarinas, las humilladas, las otras, eso es, las otras y los otros, levantándose para decir otras cosas, hacer otros actos, donarnos otra realidad.

Ya lo he dicho, que no, que no la recrea, que es distinto, mire, para Josué el borrachín que hay en la esquina no es un borrachín, es un filósofo, y aquel niño que llora agarrado a un guante de boxeo, no es que esté triste, es que ya sabe que la vida es un ring y él se llevará las cachetadas.

¿Entonces?… ¡Ah, entonces!…nos amanece el mundo como diferente, ¿verdad?, así, como un poco triste, un poco gris, un poco irónico, ah, pero…sí, naturalmente, un mucho tierno; sí, pero ¿y porqué el microrrelato?…podría escribir un novelón, Josué, ¿no le parece?…

Una novela, pero si usted lee los microrelatos de Josué Santiago, verá usted que cada uno es una novela; ya ve, un mundo cerrado pero abierto, donde se dice y se deja imaginar al lector, donde cada palabra, ay las palabras, esas que Josué caza como si fueran muescas, tiene que estar justo allí donde está, porque si no estuviera, ¿sabe?, no sería un microrrelato. Pasan años, vidas enteras, generaciones infinitas en cada texto de Josué Santiago, ¿es que no lo ve?…la vida, el dolor, la muerte, la risa, el júbilo…

Josué Santiago no necesita una novela para contarnos cómo se aprende a vivir…o a desmorir.

Alena Collar