En el pasado dejó su sueño atrapado en las vitrinas de la tienda de Abraham Nieves. Levitaba por las calles de su barrio, porque no sabían dónde ponerlo. Su vida menguaba en las trincheras del abandono y se mezclaba con la multitud de los abandonados.
La patria cumplió con su misión de haber dado a luz a otro más de los muchos que vuelan a otros cielos para ganarse el pan y convertirlo en una remesa de nadie.
—Me despido madre, cuídate—susurró casi inválido de palabras, antes de marchar en el vehículo militar.
Después de dos años, el nuevo ídolo regresó de Irak con dos medallas púrpuras en sus ojos. Cuando se desmontó del carro público, besó la Plaza Delicias con un bastón alargado.
—Por fin llegué,— dijo con un tono mohíno, su mirada fija y distante. Sus vecinos lo abanicaban con muchos cartelones, dándole la bienvenida al héroe.
En su humilde hogar, le contó a su familia todas las hazañas de la gente que confrontó en el desierto. Sus padres, ya cansados de oír la palabra guerra, se quedaron dormidos. Al momento de irse a dormir, puso en la mesita cerca de su cama, sus ojos, dejando dos huecos con una mirada profunda en su rostro…
© 4/13/2009, Edwin Ferrer
Impactante me resulta este relato Edwin. La humanidad toda es ese soldado. Una de las lecturas de tu relato es que a esta a humanidad no le cuesta otro remedio que aceptar su ceguera y reflexionar el por qué de sus estupideces.