Había llegado hasta el último escalafón de los sargentos. Después que le prendieron el rango en el cuello de su fatiga, se sintió el soldado más poderoso de la tierra. En palabras militares: “La vértebra que sostiene al ejército”.
Atemorizaba a sus subordinados con sólo mirarlos a una distancia de más de seis pies, en la escala de sus reacciones bipolares, disimuladas dentro de su uniforme de camuflaje. Cambiaba, como un semáforo, aunque sólo de amarillo a rojo.
Trataba a los soldados, a sus esposas e hijos con desdén. Siempre que contemplaba su rostro en el espejo, rugía, porque ahora no era hijo del coquí, sino un tigre de bengala.
Casi obligado a odiar a su propia bandera, su patria y su fe, se recreaba con la élite de las rayas y para él, el mundo entero era un gusarapo. Jamás quiso hablar su lenguaje años después que lo promovieron.
Su peor enemigo era su propia conciencia. En ella sólo veía presagios de derrotas, la angustia de sus días y la fuerte humillación del belicoso hueste que le concedió su ascenso.
Cuando se retiró, también lo hizo su esposa, sus hijos, sus amigos y su fortuna.
Un día, caminando por el parque, la policía lo detuvo enrollado como un pulpo fuera del agua, cubriéndose, semidesnudo, con un cartón que leía:
“Veterano de Vietnam, trabajo por comida”
©Edwin Ferrer 4/30/2009
La guerra, como la cárcel deja heridas terribles difíciles de cicatrizar. Por eso, cuando Mike Tyson se pasó aquella temporada tras las rejas, escribí una columna que titulé “Donde las Aguilas se convierten en gorriones”. Claro, me refería a que, según mi aserción, la experiencia de la cárcel habría de transformar, como lo hizo, al una vez “Hombre de Hiero” del ring, en un trampolín para futuro aspirantes.
En esta extraordinaria anécdota de Edwin, la participación de ese Fulano en el drama bélico lo convirtió en un monstruo. Un apátrida cuya ignorancia y maldad le moldearon ese final que, en otra persona menos cruel y beligerante, sería lamentable, pero en su caso se cumple, a cabalidad la sentencia bíblica que dice: “Quien a hierro mata, a hierro muere”
Nuevamente pintas, amigo Edwin, con buen pulso, una escena desgarradora, hija de la realidad.
Te felicito y Bienvenido a Texas.
Josué
Edwin, querido, el relato es desgarrador,me pregunto si el ser humano, que viene de “humus”, tierra , lodo, barro, puede llegar alejado de la cordura y en plena guerra ajena o propia sentirse parte del soplo divino y practicar la más mínima solidaridad. Supongo apenas las cosas que ves casi a diario, por eso este escrito aleccionador, que puede leerse de muchos costados. La vanidad por el rango, para ocultar la locura en que está inmerso el personaje lo hacen subirse a un pedestal efímero. Y su final, tan lejano a la egregia estatua que inferimos él podría suponer, su final hecho un pulpo enroscado, un gusano entre la nada nos recuerda cuántas vidas lúcidas se lleva la guerra, ya sea porque las mata físicamente o las vuelve hacia el infierno aunque lata el corazón.
Mis respetos a los esclavos de toda guerra sea cual fuere el motivo, que no siempre es claro!!!!!!!!!!!
Edwin, menos mal que las playas de tu Salinas, el mar limpio y la literatura te sirven de catarsis como a todos nosotros.
Como cuentista te mereces un diez, en la vida un 100 por lo menos.
Cariños.
Gloria