Recientemente regrese de Nueva tras disfrutar de unas merecidas vacaciones junto a mi esposa y mi cuñada María. En la urbe camínanos “la seca y la meca” como solía decir mi abuela Maximina.  No dejamos condado en el que no hiciéramos por lo menos un “sightseeing.” Como siempre, en la estadía y el turisteo nuestros anfitriones a nivel de cinco estrellas fueron Edgar y Alex.

En esta metrópolis uno siempre encuentra detalles que impactan por su peculiaridad o importancia. Esta vez no fue diferente. Quedé sorprendido al toparme que a una persona de nombre Julio Rivera le dedicaron una esquina en una de las más concurridas avenida del Condado de Queens.

Por supuesto que no conozco quien fuera el Julio Rivera de Queens y menos las razones que llevaron al honor de dedicarle una esquina en particular en ese Condado pero ese nombre me retrotrajo a un hecho familiar del pasado y de ahí que llamara mi atención. Para poder explicar la razón de mi asombro tengo que regresar a la historia de mi familia y presentarles a un personaje, al que tuve la dicha de conocer, a mi tío Julito, el que todos conocían como “el mulito”. 

 ¿De donde vino el apodo de “Mulito”?  Al igual que los apodos el “Mulo” de mi otro tío Pepe, “Coco” de mi hermano José Manuel y el mío propio,  pues aún tengo amigos que me llaman “Cañón”, no tengo conocimiento de las razones para los mismos.

Pero regresando donde mi tío Julito, con quien tuve afinidad muy estrecha, éste era un tipo común que lograba muchas veces conseguir lo que se proponía, aunque tardara un poco en lograrlo.  Recuerdo que siendo yo niño me dijo que abandonaría el País para buscar nuevos rumbos a través de la cosecha de tomates, pero que no tocaría uno solo de estos a menos que no fuera comprado en la tienda.  Esta frase la vine a comprender muchos años después, cuando comencé a trabajar en el Departamento del Trabajo, casualmente en la unidad que tenía a cargo procesar la emigración de braceros hacia New Jersey. Allá trabajaban en las colectas de frutos, especialmente tomates en Glassboro.

Julio Rivera, el mulito

Ejerciendo esas funciones conocí las peripecias de los migrantes que usaban este programa gubernamental para intencionalmente llegar a Nueva York. Cuando arribaban al aeropuerto se “fugaban” para la ciudad con la esperanza de encontrar un mejor empleo que no fuera el trabajo estacionario de recoger tomates.  Mi tío Julito fue uno de los miles que lograron hacerlo.

Ya establecido en el famoso Barrio hizo su vida una muy placentera trabajando como taxista.  Mucho tiempo después regresó a Puerto Rico y se estableció en San Juan, donde también trabajó como taxista. En esa época siempre buscaba una excusa para encontrarme con él.   En esos encuentros me hablaba de sus anhelos y próximos pasos. Y sobre aquellos logros pronosticados anteriormente solía levantar su brazo y señalándome con su dedo índice me decía “te lo dije…”

Como taxista se mantuvo trabajando en San Juan pero siempre pensando en algo adicional y como era su costumbre, todo el tiempo me adelantaba lo que se proponía hacer.  Así logró llegar a ser árbitro de lucha libre, un deporte que estaba empezando a desarrollarse en la isla.  Como parte del espectáculo siempre se zafaba un golpe que cogía al árbitro. Luego de varios minutos el árbitro achocado se levantaba convertido también en un gladiador que sacando pecho y haciendo grandes piruetas se convertirse en el héroe de la velada.  Más tarde mi tío se convirtió en promotor de este deporte.  En esas lides logró presentar en Puerto Rico al más famoso luchador mexicano El Medico Escarlata, a quien también le conocían como El Enmascarado de Plata.  Por supuesto lo trajo a mi casa en la Ciudad Perdida a donde acudieron los muchachos del barrio a conocer al famoso luchador.

Recuerdo que ese día me dijo que algún día yo vería su nombre escrito en algún sitio público que no sería en el buzón de su casa.

Aunque pasaron muchos años desde esa conversación en la Ciudad Perdida, frente al Enmascarado de Plata, hace pocos días sentí la sensación de ver a mi tío Julito, el Mulito a mi lado en una esquina de la avenida 37 del Condado de Queens, con su brazo erguido y con una sonrisa a flor de labios señalándome con su dedo índice diciéndome…”te lo dije”…

  

©Roberto Quiñones Rivera