Capítulo 3. – Adrenarquia
El 20 de julio de 1969 el hombre aterrizó en la luna y descubrió que no estaba hecha de queso. Ese día desperté bailando el tango de las hormonas. Me cambió la voz, me creció el bigote y me enamoré de Mariana.
Llegó la adolescencia y el tiempo de partir con mi caballito de palo. Lo llevé al río a que corriera libre con la esperanza de que algún niño lo encontrara. Mas no fue así. El viejo Reyito, que andaba por allí en busca de botellas y cobre, encontró el pedazo de palo. Lo cogió con las dos manos y lo alzó al cielo con la presuntuosa dignidad de un santero que hace ofrenda a Omachú. Se me quebró el corazón cuando vi que el viejo, en un movimiento violento y preciso, dejó caer el palo sobre su rodilla y mató mi corcel para hacer un bastón. Cruel realidad que destrozó el encanto de la imaginación de mi niñez.
Cobijé mi dolor y lloré por dentro, tal como llora un varón.
Era una mañana hermosa y como era costumbre, una bandada de palomas llegó al río en busca de semillas y migajas. Luego alzaron vuelo y dibujaron en el cielo la M de Mariana, y Yo fantaseaba que eran todas mías, exclusivamente mías.
© Roberto López
Foto: “Abre el Mundo” de nela.conde
Las historias de amor abundan en las literaturas de todos los tiempos y desde el siglo pasado en el cine. Aunque en el género los relatos de amor tienen como protagonistas parejas de todas las edades, la adolescencia parece ser el momento culminante en que las ilusiones amorosas cobran mayor intensidad. El autor de este relato no disimula sus sentimientos juveniles narrando de manera original su llegada a la adolescencia. No pocos lectores se sentirán motivas a recrear la sorpresiva transformación corporal experimentada al momento de dejar de ser niño.