Sentado en mi balcón esperando una visión entre la niebla. Todas las mañanas a la misma hora con paso apresurado, acompañada de su perro, esa caminante misteriosa. Llega de la nada, la bruma envuelve su figura atlética y gentil. Su pie cubierto con zapatillas deportivas no parece pisar el suelo. Es como si flotara la graciosa silueta sobre un pentagrama. Si yo fuera sordo ella sería música a mis ojos.
¿Qué edad tendrá? Sus piernas bien formadas son como de treinta, aunque sus pechos revelan unos cuarenta. Pero al verla caminar ágilmente por la acera los números se confunden con el movimiento de sus caderas. La única vez que cruzamos miradas calculé mil años a sus pupilas.
¡Faltan cinco minutos! En mi aliado insomnio ensayé discursos y frases bonitas. Leí poemas y extraje de ellos los más hermosos versos. Frente al espejo fui payaso de mímicas en mi intento de galán de novela.
¡Por fin! Escucho al perro ladrar, debe estar cerca. Hoy le voy a hablar del clima. Con el pretexto del calor le ofrezco limonada. ¡Claro, si su esposo no se molesta! De paso averiguo si está casada. No, mejor no. Sería muy obvia mi intención. ¿Qué le digo? Ya sé, le hablo de lo lindo que está el día, de lo radiante de su belleza…No, tampoco, voy a parecer un latoso. ¡Del perro! Si, de su lealtad, de su raza. ¡Esa es buena!
¡Aquí viene! Su fiel acompañante, un sato azabache le precede como escolta, guardián celoso, altanero y bravo. Los árboles abren sus ramas al paso de la caminante. Ya está cerca, lo sé porque los aromas de mi jardín se alborotan. La siento en el frío de mi espalda, crecen las palpitaciones y un sol me quema
adentro.
¡Aquí estás, divina ilusión matutina! ¿Es el rocío que tocó tu mejilla? Esto lo pensé porque las palabras se desgranaron con su mirada. Tomó la flor que le ofrecí en sus manos callosas, como mujer de cincuenta. Sonrío a mi cumplido de mozo con quince años, ruborizándose como niña de diez. Y otra vez, quedé atrapado en los cálculos matemáticos.
© Marinin Torregrosa Sánchez
“Amar queriendo como en otro tiempo…”
Me trajo al recuerdo ese verso de una hermosa balada, como las que ya no despiertan emociones en esta juventud con un concepto totalmente diferente del romance y el romanticismo. Pero también me recordó a una Sra, casada ella, aunque no creo que tan felizmente casada, más bien cazada, a la que yo, un muchachito de 14, miraba con ojos de poeta. Si venía cargada de bultos allí corría yo a socorrerla y cuando pasaba con el Sr. ni pallá dirigía yo la mirada. A veces, pensando en restrospectiva, creo que ella sabía lo que galopaba por mi cabeza.
Nada, las mujeres saben más de lo que aparentan saber.
Muy bueno el relato, Marinín.
Gracias Roberto y Gloria por sus comentarios. El amor nunca pasa de moda.
Bellísima expresión del amor que asoma a una vida por la ventana, en la calle. Ese cálculo matemático de cada una de las partes del todo, las consecuencias de la osadía de hablarle, y el dejarla pasar confundido, resultó una narración de fresca ingenuidad, que no perderá valor nunca porque un ser enamorado puede cometer desatinos y hasta volverse medio tonto frente al amor que pasa.
Muy bien llevado el suspenso narrativo y muy dulce el tema.
Bravo y gracias por compartirlo.
Saludos
Gloria
Muy buena y cautivadora historia de amor. Mario como niño enamorado, parece tener mariposas en el estomago y se queda sin palabras ante tan bella mujer. Gracias a la flor que lo dice todo.
Te felicito