Fue a mediados de los años 20 que don Justo arribó a California. Era un jovencito, entonces, en ruta hacia Hawai, contratado por una compañía agrícola.
Nunca llegó a su destino porque se dedicó a la cinematografía. 
Eso decía él.
Nadie le creyó, aunque no faltó quien jurara, por su madre y todos los santos, que le vio en el Luri, metiéndole al difícil, con un individuo que era la viva imagen de Adolfo Hitler.
© Josué Santiago de la Cruz
10/19/09
* Don Justo era un personaje real, muy pintoresco y de fácil hablar. Era un gran conversador, con muchos recursos para enhebrar historias fascinantes, increíbles todas, que él hacía parecer creíbles. Vivía en Talas Viejas, a la entrada del Garaje Municipal. Era de baja estatura, delgadito, guardaba cierto parecido a Chaplin, sin el bigote, y tenía una cabellera plomiza, muy fina. Sin duda, en sus años de mocedad, tuvo que haber sido uno de esos galanes de barrio tumba mamis. Lo ayudaba mucho la labia.
Yo le conocí viejo pero en pleno uso de sus facultades mentales. Resultaba muy grato escucharlo contar lo que, para todos nosotros, eran garrafales mentiras. A mí, que las historias me atrapaban, como la miel a las moscas, me encantaba escucharle contar sus aventuras.
El fue el primer habitante de Talas Viejas en cruzar el charco, lo que le otorgaba un cierto aire de respetabilidad. Todos lo teníamos como un conocedor de mundo. Una gran autoridad, aparte de soberano embustero, de las cosas que para nosotros eran nada más que referencias de un mundo por conocer.
La historia que ordeno en el microrrelato ofrecido arriba, recoge la esencia de un hombre legendario en Talas Viejas. Tan es así, que hoy Talas Viejas es parte de un pasado que se hace presente en esta historia que nadie ha podido ni confirmar ni desmentir.
Gracias, Gloria. Un amigo nuestro, Manuel Eidá, de Cádiz, le conoces, verdad?, dijo una vez que Talas Viejas era mi Macondo, y en verdad lo es. Fíjate, ya no hay allí nada más que dos o tres estructuras abandonadas, un pasto abierto y un sinfín de vivencias que cuentan de un pasado mágico. Había de todo en Talas Viejas, hasta un imitador magistral del gran Zorzal Criollo que era, a su vez, prestidigitador: Julito El Mago.
Hay muchas más historias que iremos entonando al paso.
Gracias Gloria y Gracias a todos por sus lecturas y sus inspirados comentarios.
Qué gente tan pintoresca! Son los andaluces del Caribe jejejej. En mi segunda patria, en España, los que se apuntan a “Las mil y una noches”, son los oriundos del AL-Andalus, el reducto árabe, tan proclive a contar fantasías, que cualquiera compra con los ojos desorbitados. Y ¿para qué sirve la vida si sólo nos quedamos en lo real? Creo me caería a un pozo, porque la imaginación completa lo que le falta al alma. Josué, tú eres un juglar moderno, si hasta te imagino en medio de la isla, sacando de un saco bordado, títulos a placer para aplacar el ansia literaria de todos tus paisanos… ¡Y hasta América del Sur resuena tu eco jajaja!
Cariños.
Gloria
Desconozco si el mismo fenómeno se da en cada pueblo, aunque debo pensar que así es, porque los puertorriqueños somos, por naturaleza, cuenteros, pero en Salinas, en cada rincón del pueblo, había, no uno, sino varios de esos juglares que hicieron del cuento oral, el inventado a vuelo de imaginación, un arte.
En Talas Viejas hubo grandes maestros del cuento hablado: don Justo, don Rafa, Julito El Mago, Felipe El Cubano, Fonso “Refuerzo” Lleras, Chefín, Juani, Sixto Cruz, mi madre y tía Cruz, quienes fueron mis maestras.
Todos ellos tenían su especialidad y estilo. Don Justo contaba lo fantástico, mami y tía Cruz lo terrorífico, lo misterioso, Julito El Mago lo farandulero, Chefín lo cultural y añejo, Fonso Lleras lo supranatural y esotérico y así por el estilo.
No había maneras de aburrirse uno en Talas Viejas. Es más, yo no recuerdo a nadie usar esa palabra nunca, como tampoco recuerdo a nadie mencionar la palabra suicidio. Todo lo contrario, la muerte no pasó muchas veces por Talas Viejas.
Josué me has recordado a mi tio Julio, Mulito, como cariñosamente todos le conocian, con el escrito de Don Justo. Cual de los dos más embustero… Mi tio partió para New Jersey a coger tomates a Glassboro, pero se fugó para la ciudad del mismo aeropuerto. De ahí en adelante todo lo que decía había que tomarlo con pinzas para saber cuando decía la verdad y cuando no, aunque a la larga hasta el mismo se creía sus embustes.
En el verano de 1954 vine, con mi madre, por primera vez a Philadelphia. De mis hermanos, a excepción de Oscar, el mayor, que vino años antes, yo fui el primero en cruzar el charco y de toda la muchachada del barrio, definitivamente, fui el primero. Tenía entonces 7 años y recuerdo el viaje como si hubiera sido ayer. Fue en uno de aquellos aviones de hélice de la Pan Am que viaja directo, sin escala, de San Juan a Philadelphia. Dos hileras de asientos y tardaban casi 8 horas en vuelos escabrosos donde los vacíos estaban a la orden del día. Recuerdo, vívidamente, que don Justo me contó la vez que, volando se le vació un neumático al avión y tuvieron que detenerse en una nube enorme que encontraron y mientras el personal de abordo cambiaba el neumático, a él por poco lo dejan porque se puso a caminar sin medir el tiempo.
Aunque no le creí, la duda germinó en mí que, sin querer, miraba las nubes, como si buscara algo, ver algo que quizá confirmase lo dicho por don Justo.
Talas Viejas era un sector mágico, con mucho material literario por desentrañar.
Gracias por la lectura y el comentario, Edelmiro.
Josué me desternillé de la risa al leer el micro de don Justo. Y es que conociendo algunos pormenores de esa emigración me imaginé a tu don Justo como un jíbaro aguzao. Por mi madre que si sigue hasta Hawaii hubiera reclamado que él fue el primero en llevar el coquí a esas islas.