predicadorCarlos era un evangelista itinerante. No tenía licencia de ministro. Sin embargo, por sus habilidades, tanto histriónicas como de orador, lo invitaban usualmente a las campañas proselitistas que celebraba el Concilio de Iglesias Clamantes a Dios del Primer Cielo, Incorporado, del Rev. Jorge Rascado.  Carlos se valía del Manual del Predicador para armar sus discursos.

Era veterano de ninguna guerra y convenció a los médicos del Hospital de Veteranos de que no podía mover los dedos de su mano izquierda.  Por esa razón recibía una jugosa pensión.

El Rev. Jorge Rascado era un evangelista fundamentalista de fama internacional.  Su labor como predicador lo llevó a “rescatar almas para Dios” por casi toda la América Hispana y gran parte de Estados Unidos.  Su fama era tal que sus prédicas inusuales y extrañas manipulaciones le merecieron la expulsión de varios países.  Haciéndole honor a su apellido, siempre se rascaba pa’dentro. Invariablemente se las arreglaba para salir con una maleta de billetes de los lugares que visitaba.

Una vez se iba a celebrar una campaña evangelística en un pueblo del centro de la isla.  El ministro de la localidad, Rev. Abraham Panicarne, que nunca careció de estos dos alimentos, invitó a Carlos para que predicara la primera noche de la campaña que se extendería por tres días. También fue invitado el Rev. Rascado, como evangelista principal para que predicara las tres noches.

El reverendo Abraham se había ganado la fama de ser un buen recolector de fondos. Tenía un templo de tamaño regular y cuando hacía las campañas alquilaba una carpa que colocaba en un predio de terreno del municipio, donde se celebraban las fiestas patronales.

Abraham tenía una hermosa y espaciosa casa en una finca de cinco cuerdas en la falda de una montaña, desde donde se apreciaba una gran extensión de la cálida y hermosa costa sur de la isla. Allí cultivaba plátanos que decidió vendérselos a los feligreses porque el precio que le ofrecían en el mercado era muy bajo.

A invitación de Abraham, Carlos llegó al atardecer de la noche de su predicación.  Abraham preparó una opípara cena que fue disfrutada por Carlos, que le gustaba el buen comer.

Loteria de PRDurante la sobremesa hablaron de diferentes temas, especialmente los relacionados con la actividad religiosa que se iba a celebrar. Cuando ya se había agotado el tema religioso, se hizo un silencio angustioso y Carlos, para quebrarlo, con la culpa de quien admite un mal hábito, le contó a Abraham que por un golpe de suerte se sacó un premio de quince mil dólares en la lotería y que tenía el dinero guardado en el banco.

A eso de las ocho de la noche llegaron a la carpa que estaba llena en su totalidad.  Ya el coro estaba entonando himnos y la gente estaba empezando a entrar en calor.  Abraham subió al podio y animó al pueblo congregado citando capítulos y versículos de la Biblia a borbotones. Luego presentó el programa de las tres noches y acto seguido presentó a Carlos que iba a iniciar la actividad.

Carlos comenzó a predicar la palabra de Dios y Jorge, como buen estratega, hizo su entrada triunfal al lugar a los pocos minutos, interrumpiendo a Carlos.  El aplauso fue estruendoso y prolongado.  El Rev. Abraham bajó de la tarima y fue a recibir a Jorge que se  había quedado entre la feligresía.

Cuando terminaron los aplausos, Carlos continuó su predicación.  Estuvo elocuente.  Los “amén” y los “aleluya gloria a Dios” eran una muestra de la aceptación de su predicación. Al concluir su intervención, recibió un largo y entusiasta aplauso. En ese momento los reverendos Rascado y  Panicarne subieron a la tarima y se confundieron en un abrazo con él.

En el intermedio, antes de comenzar la intervención del Rev. Rascado, el coro, que había venido de Arecibo, cantó varias canciones de avivamiento. La congregación estaba eufórica.

Los predicadores se reunieron detrás de la tarima para comentar sobre la actividad.  Entonces el Rev. Rascado le dice a Carlos: —Hermano, no se vaya porque  tengo que hablar con usted algo muy importante cuando termine la actividad. —Carlos, muy complacientemente, le contestó: —No se preocupe hermano Jorge yo lo espero. —

Al concluir la actividad, el Rev. Rascado, en un aparte, le dice ceremoniosa y solemnemente a Carlos: — ¡Hermano Carlos, Dios me habló anoche y me dijo que usted se había pegado con quince mil dólares en la lotería y que tenía el dinero en el banco! También me dijo que le pidiera a  usted ese dinero para continuar la obra evangelística de nuestro ministerio. —

Carlos, le replicó con igual solemnidad: — ¿No cree usted hermano Jorge que si Dios hubiera querido que yo aportara ese dinero al ministerio me lo hubiera dicho a mí primero?—

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 30 de agosto de 2009