Insigne / Roberto López
Buscamos con afán nuestra inmortalidad.
Soñamos con escribir un libro o el himno de una nación.
Queremos sembrar un árbol donde generaciones de amantes
esculpen corazones sellados con fechas y nombres.
Sacar de un zapatazo a un terrorista del avión
y que el mundo entero nos quede agradecido.
Tener un sinfín de amores, plantar semilla y dejar huellas.
La mayoría fracasa en esos menesteres.
Sin pena ni gloria aceptan su condición de mortal.
Su ausencia nunca provocará el pensamiento de los hombres.
Nada de elaboradas esquelas.
Y ni pensar que su entierro será un acabose.
El polvo rodará sobre el epitafio,
y ocultará el nombre, dos fechas y un simple D.E.P.
Otros no se amedrentan y continúan buscando renombre.
Hoy le salvé la vida a un ladrón de migajas.
El luchaba por mantener su cabeza sobre el agua.
Vacilé por unos segundos; su estirpe no me agrada.
Tragaba agua y se sumergía una y otra vez.
Fatigado, calló en una sensación de calma.
Entonces extendí mi mano, lo cogí por el rabo y lo saqué de la palangana.
Le di queso, lo lleve al bosque y se perdió entre hojas secas.
Corrió por mi cuenta referir el heroico acto a PETA.
Conforme a la razón, espero una placa, un reconocimiento memorioso,
y por supuesto, dos boletos a la exaltación del gran astro, Roberto Alomar.
He ahí el fondo de la cuestión.
©Roberto López
Buenísimo Roberto!!!!!!!!!!!! El hombre como especie anhela fama, gloria, y renombre. Has ido en estos versos narrando nuestra decaencia y al final llegas a involucrarte en un salvataje mínimo con el que crees serás recompensado… Un escrito aleccionador que hace reflexionar en la tontería en que vivimos, para terminar un día cualquiera de respirar sin pena ni gloria, sin grandes lloros, dejando allí nuestras pertenencias, que de seguro ocasionarán más de un conflicto familiar.
Vuelvo a aplaudirte.
Gloria