Buscamos con afán nuestra inmortalidad.
Soñamos con escribir un libro o el himno de una nación.
 
Queremos  sembrar un árbol donde generaciones de amantes
esculpen  corazones sellados con  fechas y nombres.
 
Sacar de un zapatazo a un terrorista del  avión
y que el mundo entero nos quede agradecido.
 
Tener un sinfín de amores, plantar semilla y dejar huellas.
 
La mayoría fracasa en esos menesteres.
Sin pena ni gloria aceptan su condición de mortal.
 
Su ausencia nunca provocará el pensamiento de los hombres.
Nada de elaboradas esquelas.
Y ni pensar que su entierro será un acabose.
 
El polvo rodará sobre el epitafio,
y ocultará el nombre, dos fechas y un simple D.E.P.
 
Otros no se amedrentan y continúan buscando renombre.
 
Hoy le salvé la vida a un ladrón de migajas.
El luchaba por mantener su cabeza sobre el agua.
Vacilé por unos segundos; su estirpe no me agrada.
 
Tragaba agua y se sumergía una y otra vez.
Fatigado,  calló en una sensación de calma.
 
Entonces extendí mi mano, lo cogí por el rabo y lo saqué de la palangana.
Le di queso, lo lleve al bosque y se perdió entre hojas secas.
 
Corrió por mi cuenta referir el heroico acto a PETA.
 
Conforme a la razón,  espero  una placa, un reconocimiento memorioso,
y por supuesto,  dos boletos a la exaltación del gran astro, Roberto Alomar.
 
He ahí el fondo de la cuestión.
 
©Roberto López