Durante la Segunda Guerra Mundial, en aguas del Pacífico, un acorazado y una lancha torpedera PT, en la espesura de la noche, sostuvieron una encarnizada confrontación con lo que les pareció ser un barco de guerra enemigo.
Según registros oficiales de La Armada Imperial Japonesa, al momento de producirse el susodicho acontecimiento, ellos no tenían ninguna unidad marítima desplazada en aquella zona.
Décadas más tarde, los marinos que perdieron sus vidas esa noche y los que milagrosamente salvaron las suyas, Post Mortem y de cuerpo presente, recibieron de manos de uno de los suyos la más alta condecoración que confieren las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.
© Josué Santiago de la Cruz
Este hecho no es el único acontecimiento donde por error tropas de un mismo bando batallan entre sí. Los incidentes de bajas provocadas por fuego amigo fueron frecuentes en las batallas del llamado teatro del Pacífico de la Guerra Mundial. En este relato Josué nos obliga a pensar sobre la condecoración otorgada, tanto respecto a sus recipientes como al que la confiere.
Mi querido Josué, las guerras son una plaga de la que no nos podemos desprender. El Luzbel que nos habita es astuto e ignorante, festeja sus propias diabladas, pero ¡ay del día en que el sol lo ilumine todo!
¿Podrá la Bestia, convertirse en Ángel?
Un abrazo desde Argentina.
Gloria