Después de haber recibido una condena de veinte años, un pastor lo convirtió en el nombre del padre, hijo y espíritu santo, y cumplió sentencia de cinco. Llegó a su casa y miró su rostro en el espejo adornado por una corona de espinas.
— ¡Que haya amor en la tierra, que el rio se disuelva en el mar, el mar en las nubes, nos devuelva agua clara para tomar y que germine el pan para sostener los corazones hambrientos del barrio!, exclamó.
En la iglesia con una voz equilibrada dio testimonio. Su rostro palideció en el altar, casi convertido en bruma. Algunos clamaron milagro.
Al salir se percató como los niños se inyectaban en la esquina y guardó silencio. Un hombre cayó herido a sus pies y cruzó a la calle contraria. Sus viejos amigos lo saludaron y los ignoró. Su vida latía como un molino alejado y la razón lo convirtió en un mendigo exiliado. Si le preguntaban de su vida, comenzaba con la palabra DIOSITO seguido por:
—Me sano del pecado, me devolvió la salud, me ha dado dinero, carro y casa…
Al caer la noche se encerró en su cuarto, encendió un “pitillo”[1], hizo una oración y comenzó a leer la Biblia.
©Edwin Ferrer
[1] Cigarillo de marihuana
Dios mío! ¡Líbranos de esta clase de líderes religiosos! Conozco muchos, se autoproclaman, vigilan el movimiento de cuenta de sus seguidores y les roban impunemente, mientras gentes crédulas piensan que Dios es banquero. Lo peor y más perverso, que cuando algún asistente a estos cultos descubre sus maniobras, se aparta para siempre de la fe genuina.
Bien logrado. Para reflexionar.
Saludos, Edwin.
Muy buen micro Edwin. Son muchos los que se esconden en la religión para hacerse ricos. Fariseos siempre los ha habido antes, durante y después de Cristo. La condena más fuerte de Cristo fue para éstos. Los llamó sepulcros blanqueados, relucientes por fuera y llenos de podredumbre por dentro. Que Dios nos libre a nosotros y a ellos de este mal y nos coja confesaos.