Ayer, domingo,
Estuve en una gallera;
Y me cocharon una gallina.
¡Qué gallina…!
Que tenía dos espuelas; uí, uí, uí
¡Y que dos espuelas, mi amigo!
Con mirarlas quedaba ciego cualquiera.
En cuanto la vi, señores
Me puse a temblar, ¿y quién no tiembla?
El ruido llegaba al río.
Dijo uno: “Cámbiale las zetas por
Ese y échalos a peliar” Dijo otro:
“Las gallinas con espuelas pueden peliar”
Dijo otro: “Lo que pasa es que’eta
Gallera está llena
De un montón de manganzones”
Era una Tres y Quince
De mirada como fiera…
Estiró las patas, y cosa rara,
no cantó
Eso parece ser lo que me envalentonó
Vino el Juez de valla y dijo:
“Que tal pelea era cosa muy irregular;
Que no se podría casar un gallo con
una gallina – ese es un gallo
castao… No se puede tolerar.”
Pero empezó el griterío;
Y el ruido llegaba al río;
Me rociaron con pitrinche
Y me sobaron las patas; y nos soltaron
Ella me hizo un guiño, y me dio
Dos aletazos (todavía estoy mariao)
Y yo, por no lastimarla alce el vuelo
Si, señores, por encima del gentío
Corrí al monte…
Pero aquella gallinas se encampanó tras de mí
Mientras la gente gritaba: Ëse’n un gallo
Marrueco.”
Y pienso yo en mi desgracia:
“¿Cuántos hombres muy valientes
Que lo son ante la gente
Y ante su gallina fallan?”
Antonio Ferrer Atilano, 1965 ©Ediciones Abeyno