Se aproximaba el comienzo de las fiestas anuales del barrio. Los vecinos decoraban las calles y los negocios.

Regresaba con su familia para las festividades. Este año sería distinto para todos y nada podría evitarlo.

Miguel entraba a las calles que fueron mudos testigos de su niñez, del correteo detrás del carrito de los helados o de las chiringas elevadas al aire. Nunca imaginó que ese día también conocería su destino… Su letargo fue interrumpido por una voz conocida:

— ¡Hola Miguel!

Miguel volteo su cabeza en dirección al sonido de la voz. Sorprendido e incrédulo, contempló la formación de una imagen que asemejaba a su mejor amigo, desaparecido hacia un año.  Miguel no pudo contener el asombro  y conmovido por la aparición comenzó a llamar  la atención de la gente a su alrededor:

— ¡Señores!  ¿Han visto esto?  ¡Fabián ha vuelto!   Preguntaba y decía al viento Miguel.

Nadie lo escuchaba.

—No te pueden escuchar, Miguel. No tengas miedo, tú y yo estamos en otro nivel y esa es la razón por la cual, solo nosotros podemos comunicarnos.  

Desesperado y confuso,  Miguel miraba y trataba de detener infructuosamente la marcha de la gente a su alrededor. Entonces, lleno de espanto, se percató de su realidad.

— ¡Fabián! ¿Quiere decir que estoy muerto?

—Si Miguel, pero todo es relativo. Tú estás muerto, pero no lo sabes, porque no lo aceptas. No quisiste que pasara, porque deseabas ver a tu familia y disfrutar de las festividades del Barrio. Pero tu destino era otro.

«Yo estoy aquí para guiarte, sígueme».

La tarde resplandeció, mientras los dos amigos subían por el camino del inevitable destino.

Atrás, un grito desgarrador retumbaba en las paredes de la casa materna de Miguel.

©Maribel Rivera