La tarde estaba bien rara; pálida, con zapatos de fuego. Padillón, que no era coleccionista de nubes, se sentó pensativo en la punta del malecón a darse un par de tragos de pitorro con su mirada alargada hacia el cementerio.
—¿Cómo extraño las noches que pasamos juntos, eras tan sencilla y casera? Ofendías a las abejas con la miel de tu cuerpo y a las flores con el aroma de tus labios. ¿Qué pasó con tu paloma blanca cuando aprendió a cantar como un pitirre? ¿Acaso después de veintiséis años encontraste mis defectos? Adelantaste mi luto con la bandera de tu destino, brindo por tí….
Al caer la noche, una voz ronca bajo el puente, reiterada por el eco, dijo de forma burlona:
—Qué estúpido eres. ¿Acaso no viste que tu Eva se había comido la manzana antes de que existiera la Mesopotamia? Tu muerte no vino desde arriba, tampoco vino desde abajo, sino de su trabajo. Quizás pudo matarte el beso de la procesión, porque no fue Judas, fue ella quien te besó.
—Me ofendes,— balbuceó Padillón.
—Date otro palo, zángano. Pensabas que tan sólo con engendrar, o darle de comer, ibas a alimentar el amor de Eva. Hoy día el gobierno se encarga de eso. Póngase a llorar de risa con su botella de olvido sin destilar en la mano.
—No jodas. ¿Acaso sabes que la quise siempre y que ella no me quería? Me dejaste crecer con ella para luego separarnos. Deberías dejarnos morir en la infancia de nuestro sueño, exclamó Padillón.
—Mira cabeciduro. Estoy tratando de aconsejarte porque veo que el alma se te cayó, pero te persigue tu esqueleto. Consíguete otra.
Padillón molesto y malhumorado dijo:
— ¡Váyase al carajo!
De pronto la sirena de la policía los interrumpió. Diox, aún debajo del puente, se subió la bragueta y Padillón lo corrió a pedradas hasta Las Marías. Finalmente se dio otro palo de pitorro en la tiendita de Luna y se quedó dormido en los matojos del río.
@Edwin Ferrer
Muy bueno, Edwin!!!!!!!!!!! Un disparate que tiene mucho de realidad. Esta absurda conversación cuando el dolor muerde el alma y el alcohol no alcanza para disipar traiciones o muertes, me hizo sonreir en esta mañana inaugurada de día hábil, mientras algunas resacas de las fiestas pasadas asoma a la mirada de varios transeúntes de Buenos Aires.
Me remontaste a mi infancia, cuando un tío mío, que siempre fue el alma de la fiesta, se emborrachó de tal manera que durmió toda una noche en el piso del patio cantando canciones gallegas con compases quebrados por el sopor. Escena que recuerdo muy bien porque yo, que tenía unos 9 años no podía dormirme de risa.
Gracias por esta estampa tan bien dibujada en tu palabra.
Felicidades.
Gloria
Me has hecho reír Roberto. La oscuridad del malecón siempre ha sido motivo para cuentos de apariciones. Los cuentos de meter miedo son un disuasivo para no transitar por ciertos lugares en noches de luna nueva. En mis años preescolares vivía en una casa cuyo patio trasero daba justo al malecón, así como la de Dora. Las historias de miedo contadas frente a mi Madre, de las que eran protagonistas mis hermanos, especialmente Lola y Koko, o contadas por alguno otro habitante de la Cuidad Perdida o la Barriada Borinquen me ponían los pelos de punta. Seguramente las utilizaban como cuco, para que a esa corta edad reprimiera el deseo de corretear al anochecer a lo largo del malecón. No obstante la mala costumbre de meterles miedo a los niños, que era más que común en aquellos lejanos años de mitad del siglo 20, no escapa de mi mente la hermosa vista de Borinquen cuando caía la noche. En mi mente infantil la escena de las luces que marcaban las hendijas, puertas y ventanas de las casuchas era la estampa de un lugar que percibía lejano. Muchas de ellas, entonces, alumbras con velas y quinqués. Solo los bares de vida alegre parecían ser favorecidos por la energía eléctrica, a juzgar por las canciones arrabaleras que tocaban las velloneras escuchadas a la distancia.
Saludos Edwin, tu historia me recuerda aquellos días de nuestra niñez cuando de pasatiempo solíamos fastidiar a los borrachos que llegaban perdidos por el malecón. Cuando venían tambaleándose y alzando las manos buscando sostén en el aire, les hacíamos una emboscada y nos trepábamos al techo de la casa de Gilbert para espantarlos. Gilbert con voz gruesa les decía “Dame tu alma que Yo soy el Diablo” y nosotros lo acompañábamos con aullidos de lobo. Muchos se asustaron y rodaron de cabeza malecón abajo. Y los más incautos, de tal experiencia dejaron la bebida y se convirtieron. Pero un día, un borracho sacó pistola y disparando al aire dijo “Asómate Satanás, que te voy a volar los cuernos”. Y ni bien se había disipado el humito de aquella pistola, cuando nos meamos y cagamos en los pantalones. Bueno no volvimos a mentar el diablo, ni a joder con los borrachos.