Ocupar un nicho en el Pabellón de los Inmortales del mejor beisbol de mundo es el sueño de todo pelotero. Sueño que solamente un puñado de ellos alcanza a realizar porque la grandeza no es patrimonio universal ni se logra con tan solo desearla. Hay que trabajar duro, aferrarse a una disciplina espartana…. Hay que hacer grandes e inclasificables sacrificios a los que no todos estamos dispuestos a someternos, porque una cosa es llamar al diablo y otra totalmente distinta es verlo venir.

Para escalar esa cima en la que hoy se encuentra nuestro Roberto Alomar hay que hilar más fino que el hilo ochenta. Hay que sacrificar muchas cosas, echar a un lado muchos placeres y sobrevivir a las injusticias de un mundo perverso que da poco y quita mucho. Hay que cruzar inmensos océanos de ingratitudes, incomprensiones, intolerancias y despechos. Hay que pasearse, como dijera don Pedro, tranquila y serenamente por las sombras de la muerte porque solo así es posible alcanzar la inmortalidad.

Roberto Alomar hizo rigurosamente eso y hoy, después de una larga, tediosa y turbulenta espera, emerge del torbellino, como el Ave Fénix, a reclamar su espacio en el Salón de la Fama del Beisbol Profesional.

Enhorabuena, ilustre hijo de mi pueblo. Disfrute este momento eterno que usted se lo ganó en buena lid.

Josué Santiago de la Cruz.