Le hacía falta el mabí y el café de su madre, tanto la comida como sus caricias.

Su niñez crecía en él y deseaba vivir, porque si moría iba a sentir la vergüenza de las lágrimas de su vieja.

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Un tiempo más tarde quería cubrirse sus huesos con el agua bendita purificada en las manos de la santa mujer.

Tomasa salía de sol a sol, cruzando el río al medio día a llevarles almuerzo a los picadores de caña  para mantener a su hijo, quien anhelaba convertirse en un dios para llegar al fondo de su corazón.

Quería regresar a su hogar para que lo tomara como una vela encendida o como el alambre de tender ropa, porque no podía sostenerse solo. Había envejecido muy joven. Pediría que le devolviera el ocaso de su infancia para poder emprender vuelo como los pajaritos que regresan a su nido.

Cuando regresó del hogar CREA fue muy tarde,  Tomasa había volado a otros cielos.

Edwin Ferrer 4/6/2009