Le hacía falta el mabí y el café de su madre, tanto la comida como sus caricias.
Su niñez crecía en él y deseaba vivir, porque si moría iba a sentir la vergüenza de las lágrimas de su vieja.

Un tiempo más tarde quería cubrirse sus huesos con el agua bendita purificada en las manos de la santa mujer.
Tomasa salía de sol a sol, cruzando el río al medio día a llevarles almuerzo a los picadores de caña para mantener a su hijo, quien anhelaba convertirse en un dios para llegar al fondo de su corazón.
Quería regresar a su hogar para que lo tomara como una vela encendida o como el alambre de tender ropa, porque no podía sostenerse solo. Había envejecido muy joven. Pediría que le devolviera el ocaso de su infancia para poder emprender vuelo como los pajaritos que regresan a su nido.
Cuando regresó del hogar CREA fue muy tarde, Tomasa había volado a otros cielos.
Edwin Ferrer 4/6/2009
Josué tiene razón, Tomasa tocas fibras muy profundas. Especialmente para una sociedad donde el lucro de uno pocos es la tragedia de muchos.
Desde hace muchos años he visto incrementarse la tragedia de miles de jóvenes, llevados por la misma injustica social, a convertirse en víctimas de un flagelo sancionado por lo bajo por las DEA’s y las autoridades que dicen combatirlo.
Lo triste es que el dolor, por ser tan agudo, nos hace insensibles. Este relato nos devuelve la sensibilidad y nos convoca a derrotar todas las hipocresías en torno a un problema que ciertamente se ha convertido en una pandemia alimentada por las políticas que criminalizan a la víctima mientras le dan rienda suelta al victimario.
Tanto la obra de Josué como la de Edwin ciertamente le dan categoría de excelencia a las letras puertorriqueñas, que, por ser expresada desde escenarios regionales, es decir por no ser metropolitanas, son ignoradas por los críticos a sueldo de nuestros medios de comunicación.
Nosotros desde Encuentro al Sur reconocemos a los autores salinenses proclamando al mundo cibernético sus méritos, aunque los comentaristas blanqueados desoigan sus voces.
Cuando se tocan fibras que descansan muy adentro, ya sea al hablar o al leer, se dice que la persona portadora de esas palabras conmovedoras y el autor o autora de lo escrito sabe llegar a los corazones ajenos. No muchos poseen esa cualidad que tu derrochas con tus escritos, amigo Edwin. Mi madre decía que lo que se hereda no se hurta y tu, amigo, heredaste una fortuna.
Muy bueno. Te felicito.
Josue