Iba a conocer a la familia. “La primera impresión es la que cuenta”, siempre decía mi madre.

Claro, llegué impecable de pies a cabeza; puse todo el empeño en mi arreglo personal. Tres libras de maquillaje, unas gafas de sol grandes, tacones, perfumada por todos los recovecos del cuerpo, con todas las garambetas como puerca de Juan Bobo, la bemba pintá y… ¡ah!  el pelo más planchado que una mujer china. Tenía todo lo necesario para quedar bien y agradar.

Una vez en el lugar se abren las puertas de la casita en madera y zinc, como brazos extendidos a servir. Descubro la felicidad que nace de lo simple, en la hospitalidad de la familia, que con tan poco, hace mucho, desvestidos de orgullo. En aquel hogar hasta las ventanas sonreían y por las rendijas se escurría la luz del día, mientras el viento silbaba alabanzas a la vida. El fulgor de estrellas era opaco, comparado con el piso sin loza de la estrecha cocina.

Me sentí desnuda… había olvidado que aun cuando no lo invites, Él siempre asiste con sus mejores galas: bendiciones.

©Marinín Torregrosa Sánchez