Iba a conocer a la familia. “La primera impresión es la que cuenta”, siempre decía mi madre.
Claro, llegué impecable de pies a cabeza; puse todo el empeño en mi arreglo personal. Tres libras de maquillaje, unas gafas de sol grandes, tacones, perfumada por todos los recovecos del cuerpo, con todas las garambetas como puerca de Juan Bobo, la bemba pintá y… ¡ah! el pelo más planchado que una mujer china. Tenía todo lo necesario para quedar bien y agradar.
Una vez en el lugar se abren las puertas de la casita en madera y zinc, como brazos extendidos a servir. Descubro la felicidad que nace de lo simple, en la hospitalidad de la familia, que con tan poco, hace mucho, desvestidos de orgullo. En aquel hogar hasta las ventanas sonreían y por las rendijas se escurría la luz del día, mientras el viento silbaba alabanzas a la vida. El fulgor de estrellas era opaco, comparado con el piso sin loza de la estrecha cocina.
Me sentí desnuda… había olvidado que aun cuando no lo invites, Él siempre asiste con sus mejores galas: bendiciones.
©Marinín Torregrosa Sánchez
Gracias a todos, lo describi tal y cual lo vivi. Todavia hay mas para contar. Saludos.
Aplausos, muy buen texto, buena disposición del arte literario y un aire de pureza, que por supuesto se vuelve bendición.
En el ocaso de su vida, cuando ya nada le era extraño a sus ojos y el Arte se había convertido en su homólogo, en una de las muchas entrevistas que concedió, Picasso dijo lo indecible, lo que nadie se atreve a decir por considerarlo una nimiedad. Algo así como una soberana cursilería: “A los 17 años pintaba como Miguel Ángel y me ha tomado una vida volver a pintar como cuando era un niño” (La cita es arbitraria, pero la imagen es la misma)
José Luis González (se lo escuché decir en el balcón de mi casa en Salinas), solía decir que el escritor debe procurar buscar la sencillez porque es ahí donde florece a gusto el Arte de la palabra.
Tu texto logra, precisamente, eso que a Picasso le tomó una vida recobrar y José Luis González tenía como principio literario.
Te felicito Marinín. Buen texto.
¡Qué bonito, saludable y admirable es llegar a ese lugar, casita, bohío o estado de ánimo, donde uno se libera de las cosas que bloquean el alma y el espíritu!
Y si uno sale de ahí por la vereda que lleva al camino bendito, mejor todavía.
Una cosa importantisima que vemos olvidado. Precioso. Aqui estoy en “standing ovation” para ti.