Tenía los ojos cerrados.

—Ha de estar soñando —susurró una voz en el cuarto.

—A veces, cuando no quiere que lo molesten, cierra los ojos —dijo otra.

Reinaba un total, casi absoluto, silencio, a no ser por el sonido monótono del scanner al que ambas parecieron haberse acostumbrado.

El tiempo semejaba un papel suspendido en el aire. Se movía con la lentitud de las procesiones de Semana Santa, aunque las manecillas del reloj en la pared dijeran lo contrario.

Pasada la medianoche el silencio y el frío les derrumbaron los párpados…

Abrió los ojos.

“Ahora me puedo ir…”

“¿No te vas a despedir?”, le pareció escucharlas.

Les dio un beso y cuando abrieron los ojos ya no estaba.

 

 

  

© Josué Santiago de la Cruz, 4 de mayo de 2011