Tenía los ojos cerrados.
—Ha de estar soñando —susurró una voz en el cuarto.
—A veces, cuando no quiere que lo molesten, cierra los ojos —dijo otra.
Reinaba un total, casi absoluto, silencio, a no ser por el sonido monótono del scanner al que ambas parecieron haberse acostumbrado.
El tiempo semejaba un papel suspendido en el aire. Se movía con la lentitud de las procesiones de Semana Santa, aunque las
manecillas del reloj en la pared dijeran lo contrario.
Pasada la medianoche el silencio y el frío les derrumbaron los párpados…
Abrió los ojos.
“Ahora me puedo ir…”
“¿No te vas a despedir?”, le pareció escucharlas.
Les dio un beso y cuando abrieron los ojos ya no estaba.
© Josué Santiago de la Cruz, 4 de mayo de 2011
Muchas veces me ido de los sitios, especialmente fiestas, sin decirle nada a nadie. Con eso evito contestar interrogantes tales como: ¿Por qué te vas? Es temprano, quedate un rato más. etc. etc…..
Felicitaciones Josué.
Genial. Felicitaciones!
Gracias, hermoso relato! Las despedidas no siempre expresan el dolor de la partida, a veces es mejor largarse, los demás deben entender…
Felicitaciones y cariños
Despedirse o no, es siempre un acto voluntario. Este cuento me recuerda las veces que besamos a nuestros hijos dormidos sin podernos despedir de ellos y las veces que ignoramos su presencia para poder descanzar. Los microrelatos de Josué siempre apelan a que sea el lector el que viva su propio cuento.
Hermosas letras. Me da aire en el alma.