I
Presentía un día como tantos otros, muy pesado para una niña con noventa y dos soles. Dolores, muchos. Había acumulado mucha experiencia. Experiencia que adquirió prácticamente sola. A la edad de siete años se dedicó a trabajar cuidando a sus hermanitos. Cinco en total, menores todos. Tuvo un hermano mayor y otro que había fallecido vaya usted a saber por qué razón.
Batalló mucho. No se sabe cómo lo hizo pero batalló fuertemente. Era una niña un poco pragmática, fuerte de carácter y un poco agresiva cuando le violan sus derechos.
II
Se tendió tan larga era sobre el pasto, muy cerca de su humilde casa. Allí soñó con seis lunas y un sol. Dos lunas estaban una al lado de la otra. Las demás en lugares diferentes. Una de las lunas era tan pequeña que casi no se percibía. Estaba esperando que la descubrieran. Más adelante se integró como debió ser justo al lado de las demás.
La niña de los noventa y dos soles no tenía prisa en despertar de su largo sueño, así que siguió soñando con sus siete lunas y su sol. Un día el sol se sintió fuera de lugar y decidió irse un poco más lejos. Así que hubo que enviarlo lejos de su madre y de sus hermanas, las lunas. No fue lejos, pero se fue y de vez en cuando se acercaba a las lunas. No fue fácil irse del lado de las lunas que le daban un poco de compañía en sus largos días de soledad.
III
Su café a las siete y treinta de la mañana, su desayuno completo a las diez de la mañana, su almuerzo a las doce del medio día y su cena a las cuatro de la tarde. Cumplía con la rutina diaria de todos los días.
Ahora, era lenta en su andar y rápida en su hablar. Siempre tenía algo que decir. De la cama al sofá, del sofá al sillón y del sillón a la hamaca. Todo era igual. Desde la salida del sol a la puesta de la luna.
Llegué como siempre, como tantos domingos o tantos jueves a eso de las ocho de la mañana, un poco más, un poco menos. ¿Tomaste café? –su pregunta de siempre. -La crema no la quiero ahora, más después, ponla en el horno y cuando la quiera te la pido –decía. Las palabras, las mismas, las miradas, las mismas. Ella era diferente. La noche no la había pasado bien. Tuvo adormecimiento desde las piernas hasta el cuello. Había querido irse a volar y a soñar con sus siete lunas y su sol, pero no pudo, así que se levantó arrastrándose: vació su mente, se acostó nuevamente y despertó como siempre. Se tomó el café, se fue al sillón y luego a la hamaca. Sonrió, se durmió. A eso de las ocho llegué.
IV
Su mirada tierna, lánguida, profunda y deseosa de levantarse, caminar, correr. Como si fuera tan fácil borrar los años, los que te hacen sabio o sabia. Su tristeza era real, mirarla era como llorar por dentro. No se por qué de algo se sentía culpable una de las lunas. Tal vez, de haberla hecho sufrir cuando nació, de haberla hecho sufrir cuando iba creciendo, de haberla hecho sufrir cuando se fue para no hacerla sufrir más. Era lo que pensaba. La luna partió y al tiempo creo que la hizo sufrir cuando sintió un sol dentro de su vientre. Madre luna lo supo y sufrió, no lo dijo pero sufrió. El sol, hijo de su cuarta luna estuvo en sus brazos por un largo mes, pues la luna no pudo regresar hasta después de veintiocho largos soles.
Al poco tiempo después de aquel terrible incidente, madre luna se encontró con el hueco del camino hacia la búsqueda de la libertad. No pudo entrar, no quiso entrar, no la dejó entrar. Simplemente no la dejamos entrar.
Gritos, llantos, lágrimas, mucha angustia, desesperación. ¡que pequeñita le pareció entonces. La abrazó y quis depositarse en su vientre, como cuando estuve en él. Quería entrar y trató en muchas ocasiones por alrededor de algunos minutos. Esos minutos le parecieron horas, largas horas. Mentalmente lo hizo, tocó su corazón cansado y respondió. Con ayuda del cielo pudo reaccionar. Como tantas veces está ahí alargando sus horas, sus días…sus años.
Sigue, sentada en el sillón…retrocediendo el tiempo, cansada de acumular juventud, siguiendo cada uno de sus rituales, pero ahí, erguida y orgullosa.
Eneida Rodriguez Delgado, 2009
Es un gran cuento. Me gusta por las bellas metáforas que tiene y sobre todo por los símbolos que utiliza y que contribuyen a crear un clima apropiado para el desarrollo del relato.