A las que se buscan la vida, y la muerte, debajo del elevado
Esperando su turno en la fila interminable estaba Isabel de todos los hombres. Ella era una pipera que jangueaba en Kensington, con una toalla al hombro y aquella mirada en abandono que escondía detrás de la sombra y el colorete chillón.
Tenía cara de espanto, pero unos labios sensuales y unas formas generosas que atraían las miradas y paraban el tránsito… Bueno, no sólo el ir y venir de vehículos debajo del elevado, sino otras cosas que a ella le permitían buscarse la cura, aún los domingos que son días muertos.
Isabel no siempre fue Isabel de todos los hombres, a pesar de que nunca recordó haber sido de uno solamente. Ella fue de ella misma en una época, hasta que descubrió que ser de uno mismo era más difícil que pertenecerle a alguien, o a todos, aunque te llamen puta y no puedas ir a misa los domingos porque todos –hombres, mujeres y niños– te miran como si fueras una ladrona de almas. Un pecado en altavoces, perturbando las paredes veneradas de la mansión de sus dioses…
Cuando no le perteneció a nadie la miraban igual y la señalaban y le aseguraban que un día, “Sólo es cosa de tiempo…”, iba a pertenecerle a todos.
Ella se daba cuenta de las miradas. Pero no comprendía los gestos que distorsionaban hasta los rostros más estilizados de las mujeres más bellas. ¿Cómo iba a entenderlos, si sólo era una niña?
Tampoco entendía el acoso de aquella señora para la que trabajaba los fines de semana en las tareas domésticas:
―Qué lindos tus pechitos Isabelita… Déjame besártelos para que veas cómo se endurecen como terrones de azúcar…
Pero ella no se dejaba. Por eso no fue más a la casa, con lo mucho que necesitaba los chavos…
La madre de Isabel, fue una ramera del sector Borinquen de Salinas, que emigró a Philadelphia hace diecitantos años, con un dinerito que le facilitó un alto ejecutivo del gobierno municipal.
Estaba preñada y al poco tiempo de parir a la muchacha volvió a su antigua profesión, hasta que murió de SIDA, hace dos años.
Isabel fue su único retoño. Y a su padre, ¡qué carajo!, ella nunca lo conoció. Aunque la vieja le aseguró, antes de morir, que el autor de sus días era un viejo ricachón de su pueblo, con más amantes que putas hay debajo del elevado.
A ella no le importó tres puñetas saberse hija de un cabrón con chavos y un montón de barraganas. Por eso no le preguntó el nombre ni le puso mucho cráneo a sus últimas palabras:
―Tú eres la misma cara del viejo y te pareces muchísimo a la nena que su mujer tuvo un año antes de tú nacer. Búscalo, hija, y reclámale tu herencia…
Cuando murió la vieja, Isabel la enterró como pudo y mandó al mismísimo carajo al viejo. Lo borró del recuerdo, porque ella era hija de aquella mujer y de todos los hombres que se acostaron con ella.
Al principio de la fila estaban repartiendo quesos y saquitos de a dos libras de arroz y mantequilla, “lo que se dice mantequilla”, en barras gruesas de a una libra… Y “habichuelas marca diablo”.
Ella tomó la cajita repleta de comestibles y se fue a la bodega “El Honorable” para intercambiar la comprita por dinero que luego usaba para comprar las cápsulas en la otra esquina.
Don Tomás, el dueño del establecimiento, era un viejo rechoncho con mujer e hija y una posición de respeto en la comunidad. Sin quitarle la mirada de encima, le ofreció $5.00 por el contenido de la caja.
Con los ojos emplastados de pintura facial, Isabel lo miró y le reprochó la oferta.
Mostrando una dentadura postiza que parecía no caberle en la boca, el bodeguero le contestó:
―Te doy un veinte por lo que llevas entre las patas.
La proposición la tomó por sorpresa. Le sacudió el rostro, como un manotazo y le revolcó el estómago.
El aliento del viejo apestaba a carne podrida. Pero no era la hediondez que le emanaba de la boca lo que la hizo sentir sucia. Más sucia que las noches calurosas y húmedas cuando se acostaba con los hombres sin tener un buche de agua fresca para limpiarse las partes donde todos ellos depositaban sus arrebatos.
―Con un veinte te puedes comprar cuatro cápsulas en la esquina –insistió el hombre.
Ella no dijo nada. Se quedó allí, apretando la caja entre las manos, pensando en el cabrón de su padre con chavos y muchas mantenidas, y pensando en la esquina… Y en las cuatro cápsulas.
―Vamos, Isabelita, no te hagas la pendeja. Tú sabes que yo siempre he querido tener algo contigo. Desde que mi mujer te empleaba para hacerle los quehaceres…
Isabel de todos los hombres pensó en la madre muriendo de SIDA. Pensó en todos los hombres que se acostaron con la vieja y la miraban a ella con ojos de mañana tú también te vas a acostar conmigo y te voy a preñar bien preñá para que sepas cómo preñan los machos…
Pero ella les robó el tiro y no se dejó preñar.
Se sintió más puta que nunca. Más manoseada que nunca. Más Isabel de todos los hombres, que todas las noches y todos los días y las madrugadas cuando todos ellos la poseían en silencio, a puertas cerradas o en un callejón oscuro, y después le sacaban el cuerpo a plena luz del día porque ella era una puta, una prostituta, una golfa, una meretriz, una ramera, una fulana, una furcia, una mujer de la calle –¡una cualquiera!– que le pertenece a todos y ella misma no se pertenece.
―Decídete, cabrona, que no tengo todo el día para estar pendejeando contigo.
Ella lo miró a los ojos y le escupió la cara.
― ¡Viejo sucio y cabrón! ¡Yo soy una puta, si, pero tú eres un viejo cabrón…!
Asustado por el escándalo, don Tomás, sacó una 9mm. que mantenía escondida debajo del mostrador y le disparó a quemarropa.
En menos de un dos por tres una oficial del Departamento de Investigaciones Criminales de la policía le tomaba declaraciones.
Afuera, una muchedumbre miraba por los amplios ventanales de la bodega, tratando de averiguar lo que adentro acontecía.
―Dígame, don, ¿cómo acontecieron los hechos?
El bodeguero estaba con su mujer y la hija, que tenía la misma edad de Isabel Ventura. Ambas habían llegado a toda carrera al enterarse de lo acontecido.
―Yo no sé lo que le pasó a esa pobre muchacha. Se volvió como loca y empezó a pedirme los chavos que tenía en la caja. Tomó esa botella que está allí y amenazó con cortarme la cara si no le daba el dinero que tenía en la registradora. A mí me da mucha pena, pero no tuve otro remedio que disparar… Pobrecita, su mamá murió de SIDA y ahora ella en estas condiciones. ¡Ya no se puede vivir tranquilo en el barrio! Tenemos que hacer algo para que escenas como ésta no vuelvan a repetirse.
Su mujer también comentó:
―Quise ayudarla cuando ella era todavía una niña. Hasta la empleaba de vez en cuando para que se ganara un dinerito honradamente. Pero la pobre quiso seguir los pasos de la madre. Una verdadera lástima.
―Qué asco, mami… –se le oyó decir a la hija del matrimonio– Y pensar que esa bandida pisó alguna vez nuestra casa.
―No hables así hija –la corrigió el padre–. Compadécete de esa pobre criatura que fue una víctima más del vecindario.
© Josué Santiago de la Cruz
GLOSARIO:
Pipera: Spanglish. La palabra viene del Inglés “pipe” que, entre los muchos usos y significados, en lo que al cuento atañe, significa pipa o cachimba, casi siempre de cristal, lo que la hace un utensilio en extremo peligroso, por cuanto el calor muchas veces las hace explotar. Se usa para inhalar una substancia alucinógena, muy adictiva, conocida en la calle con el nombre de “Crack”. Una pipera es una usuaria de este tipo de estupefaciente.
Jangueaba: Spanglish. Proviene del Inglés “Hanging out”, que en Español quiere decir “pasársela en determinado lugar”. Ej: Isabel se la pasaba en la esquina de las calles 5th y Cambria.
Kensington: Sector muy pobre de la ciudad de Philadelphia, donde el trasiego de estupefacientes y la prostitución están a la orden.
Cura: La palabra implica “curarse”. En otras palabras, conseguir la dosis necesaria de estupefaciente para satisfacer el vicio.
El: Abreviatura en Inglés de la palabra Elevator. Tren que se desplaza sobre unos rieles que corren a una altura que permite el tránsito vehicular y de gente debajo del mismo.
Chavos: Dinero
“Sabrá Dios que relación familiar tenía el viejo con la muchachita”.
No basta con saber leer, hay que saber discernir, tener olfato de sabueso en las lecturas. Eso, y saber pensar. A eso se referia Cortazar cuando nos hablaba de los lectores machos. Te felicito, Maritza. Asi como Calolo decia que los hombres tenian que ser unas damas en el trato, en la lectura la plena se toca de otra manera y tu sabes llevar el compas.
Que te digo ahora, que no te haya dicho Josué, nada. Me revuelca el estomago, porque vi en mi pueblo cosas parecidas que quizás tenga que pedir perdón a Dios por haberlas callado y no reporta tanto abuso bajo tapete. Lo has traído tan bien que me transportaste a Kensington. Es la cruda realidad relatada de la misma manera. Es el acoso que han vivido, viven y vivirán muchas en circunstancias similares. Hay muchas Isabel e “Isabelitas” producto de una sociedad que aparenta mantenerse en este estado fatídico. Sabrá Dios que relación familiar tenía el viejo con la muchachita. Josué, muy bello y emotivo.
No me alcanzan las manos para aplaudirte Josué. Has pintado una realidad tan cruel como verdadera. Hay generaciones maldecidas que nacen sin padre, sin madre,ni perro que les ladre. La oferta y demanda de sexo es la pudrición de la humanidad. Muchos aparentan ser grandes señores pero tienen la cabeza agusanada.
De esto que cuentas he conocido muchas víctimas. Creo que la mujer que se prostituye es un ser solo como la una, que no se puede recuperar de sus estado de baja autoestima y cae en la trampa de sentirse liberada. Craso error. Hay seres como este viejo que describes que nunca conocerán el alma de nadie, sólo son sexuados pero no sesudos.
No sé si algún día conocerá el hombre la bondad del sexo como don.
Cariños.
Causa ira leer esta historia, porque parece tan de la vida real. ¡Maldito el viejo, la vieja y también la hija!
Esta semana en ecuentroalsur, he leído cosas muy interesantes que de alguna manera relaciono con tu cuento, que dicho sea de paso es provocador pero bueno, muy bueno. En resumen La opresion de los pobres es una constante historia. Por eso los poetas hastiados de tanta hipocresia, quieren volar y ser libres como las tórtolas. Y al viejo sucio que se cuide no le vaya a pasar como el responso en el club de domino.