Los dirigentes políticos puertorriqueños deberían tomarle la palabra el presidente Obama y forzar una decisión de los Estados Unidos en torno a la situación colonial de Puerto Rico. Si para algo ha servido la visita presidencial es para reiterar lo que el liderato político puertorriqueño se niega admitir: que Puerto Rico no saldrá del pantano donde está sumergido hasta que sus dirigentes remen para la misma orilla.

Vamos a sorprenderlos, vamos a ponernos de acuerdo procesalmente para solucionar los múltiples problemas que nosotros y ellos le hemos causado a este País. Tomarle la palabra en serio y arrojar al infierno del ostracismo todo aquello que se preste para dividirnos procesalmente dejaría boquiabierto a Washington y sería la estrategia más inteligente para darnos a respetar y forzar una decisión de los círculos de poder estadounidenses.

Las ridículas manifestaciones, las bufonerías, la complacencia ante el uso político de nuestras celebridades o símbolos culturales, la compra de influencias en actos de recaudación de fondos y los aplausos inmerecidos a discursos sin sustancia e irrespetuoso no conducen a otra cosa que a proyectar la imagen grotesca de unos dirigentes con pocas luces a los que se les compra con un dulce o un rolex falsificado.

Actuar como comisario de barrio de un partido poco sirve para adelantar las causas serias de un país. Esas se adelantan articulando claramente la voluntad del pueblo para enfrentar su futuro, aplicando sabias políticas de relaciones de alto nivel, la diplomacia y el derecho internacional. Se llega ahí levantando la cabeza, con el apoyo de todo un pueblo, negociando de tu a tu y firmando acuerdos satisfactorios para ambas partes.

Nada obtenemos como pueblo con visitas de naturaleza partidistas que no sea una que otra promesa que aplica por igual a cualquiera de los estados. Los asuntos de envergadura que limitan nuestras gestiones de desarrollo económico, como la aplicación de las leyes de cabotaje, por decir una, pasan desapercibidas. Para colmo de la ineptitud de los dirigentes locales, ni siquiera las aportaciones para fondos de campaña, que con ridículo entusiasmo donaron, se utilizan para cabildear a favor de asuntos importantes.

Aunque uno pueda afirmar que esta visita confirma la escaza importancia que tiene Puerto Rico para Washington, lo cierto es que le corresponde a la clase dirigente puertorriqueña superar el temor, buscar el apoyo del pueblo y unidos hacer reclamos contundentes como el que logró la salida de la Marina de Guerra de Vieques. Es innegable que la situación de Puerto Rico es de suma importancia, para ellos, para nosotros y para la humanidad, porque involucra intrínsecamente un caso de violación de derechos humanos.

Ellos y nosotros tenemos que tomar muy en serio la relación colonial que existe entre ambos pueblos. Al perecer, ellos y nosotros queremos ignorar el bochornoso espectáculo que significa el coloniaje a estas alturas de la historia humana. Para comprender el grado de bochorno que causa esta situación basta con recordar la frase al estilo socrático tantas veces repetida: “El coloniaje es a los pueblos, lo que la esclavitud es a los individuos” Baste decir, que tanto la esclavitud como el coloniaje están abolidos en el orden internacional y practicarlos constituye un crimen aborrecible.

Para liberarnos de ese estigma, ellos deben abrir la puerta y nosotros disponernos a salir de la jaula.

srs