Bueno, pues yo creo en Dios y eso lo digo con la sonrisa más grande que puedan imaginar. Ah, que ¿por qué creo en Dios? Mi respuesta es sencilla: porque no puedo creer que Dios no exista.

Ahora bien, el Dios en el que creo no quiere verme triste, apagado. Me consta que no quiere verme hablando con el ceño fruncido ni engolando la voz. No me quiere ver enfrascado en discusiones de tipo bizantino. Tampoco me pide que ande cazando infieles con un sable en las manos. No. El Dios en el que creo me quiere ver feliz, riendo, celebrando la vida, que es una forma de dar gracias por las maravillas de Su creación. (Y conste: que aún Él no ha terminado de construir éste ni otros universos).

Me gusta el vino, aunque prefiero el agua, claro. Me gusta escuchar un buen chiste. Me gusta cantar y me gusta la buena cocina. Me gusta compartir con gente feliz y bella. Claro, las mujeres feas también tienen derecho a existir, sólo que no todas en mi barrio, por favor…

¿Por qué pienso en estas cosas? Nada, sucede que algunos censuran mi alegría. Yo los comprendo, pero no les concedo ni un ápice de razón. Es que los artistas de antes, durante y después del Renacimiento nos mostraron a un Dios y a un Jesús, ceñudos o coléricos. Al Dios en el que creo lo retrató Miguel Ángel a su imagen y semejanza, con músculos de púgil y barbas que no conocían rasuradora. Si nos dejamos llevar por esa imagen habría que inferir que el Padre Creador “nació” viejo, no perdió masa muscular y se estancó a la edad de la pensión. A Jesús nos lo mostraron siempre melancólico, con los ojos entornados y llorosos. Ah, y flaco, con una apariencia algo tercermundista. En el cine lo han representado siempre con una voz “intimista”, como si en su tiempo histórico, cuando no existían los altavoces, no necesitase gritar para hacerse oír. Pero, no, no, no. Es natural que durante el proceso de la crucifixión presentase su rostro más doliente, claro, si por un martillazo en un dedo gritamos e imprecamos, ¿qué puede usted esperar de un ser a quien le han traspasado manos y pies con aquellos clavos enormes? ¡Caramba!

Pero, oiga, Jesús no anduvo así todo el tiempo. Jesús supo degustar el buen vino. Y era fiestero. Eso lo vimos en las bodas de Caná. Reía, claro que reía. Era un activista feliz y esperanzado. Practicó la desobediencia civil. Departió con pecadores, borrachos y prostitutas. No, no, no, mire: como dicen en mi pueblo, “el tipo era todo un caso”.

Sobre todo, desde su alegría y su optimismo, nos enseñó lo más valioso que los seres humanos podamos haber aprendido –si es que realmente lo aprendimos- nos enseñó a amar. Y, bueno, pues claro que era serio. Era serio en cuanto hacía la voluntad de su y nuestro Padre. Era serio en el momento de la oración íntima y profunda con la que se ponía en comunión con El Padre. Fue serio, es decir, responsable, al aceptar dar Su vida por nuestra salvación. Aún por la salvación de quienes lo abandonamos, lo rechazamos, lo negamos día a día. Caramba, esa esperanza, esa fe –no sólo en Dios sino hasta en nosotros mismos- no tiene comparación ni tiene precio.

Y créanme, fue feliz. Supo reír cuando lo cotidiano así lo provocaba. Yo quiero compartir esa alegría y aquella risa tan dulce. Quiero ser una celebración de la Vida. Gracias.

José Manuel Solá