al profesor Esteban Pérez
Agosto marcaba el comienzo de un nuevo curso escolar. La escuela superior Luis Muñoz Rivera recibía con gozo a los estudiantes que con alborozo se saludaban unos a otros. Los maestros organizaban los salones y apuntaban los nombres de los estudiantes. Resumían las materias que iban a cubrir y daban las primeras asignaciones.
Esteban era profesor de español. Su meta siempre fue que sus estudiantes le tomaran amor a la buena literatura., que fueran lectores incansables y que escribieran correctamente. Tanto sus compañeros maestros como los estudiantes coincidían que era un maestro extraordinario. Todos lo apreciaban.
Sus tareas favoritas eran la lectura analítica de novelas y poesías. Decía que para disfrutar la literatura había que entender a los personajes, su filosofía y el ambiente en que se desenvolvían. Se entretenía urdiendo historias sobre el origen y desarrollo de la lengua española. Tenía una gran sensibilidad y hablaba con gran entusiasmo sobre el amor, la belleza y la profundidad de los sentimientos del ser humano.
En sus clases, cuando discutía los personajes de una novela lo hacía con tanto fervor que parecía que él era el propio personaje. Pero su entusiasmo chocó con la realidad. El entusiasmo que ponía en sus clases no estaba rindiendo fruto. Los estudiantes estaban perdiendo interés en la lectura. Otros medios que capturaban la atención de los alumnos comenzaban a sustituir al libro.
Un día se ausentó del salón de clases, cosa poco usual en él. Los compañeros maestros y los estudiantes se preocuparon y acudieron a su hogar para ver que le sucedía. Él se negó a recibirlos. La esposa les informó que no se había levantado de la cama en varios días y que estaba sumido en sus pensamientos, que no quería hablar con nadie, ni siquiera con ella y que no quería ir al médico.
Una semana más tarde Estaban regresó a su salón de clases, pero parecía transformado. Ya no era jovial como siempre lo era. Estaba concentrado en sí mismo. Su mirada era etérea. Estaba hablando del Quijote, su personaje de ficción favorito, y mitad de la clase que dictaba salió del salón sin decirle nada a nadie y no regresó.
Vagó sin rumbo por las calles, caminos y trillos del pueblo. En su divagar se imaginaba las escenas y los personajes de todos los libros que había leído. A veces era don Quijote desfaciendo entuertos por los caminos de La Mancha, otras veces era Smerdiakov, uno de los hermanos Karamosov. Era Pablo el de Marianela de Benito Pérez Galdós. Se creía Edmundo Dantés sumergiéndose en las aguas de If en busca del tesoro revelado por su compañero de cárcel, otras eras veces era el Cid Campeador matando moros por la campiña española. Se creía Agamenón, Aquiles, Ulises, Príamo, Martín Fierro, Pedro Páramo y Aurelio Buendía. Era Pirulo, el de René Marqués, acostado boca arriba en vísperas de ser hombre. Era Peyo Merced y todos los personajes de Abelardo, incluyendo el Josco el toro boricua que no resistió ser reemplazado por un toro americano.
Todos esos personajes y muchos más se agolpaban en su cabeza que explotó sintiendo un gran dolor. Entonces se salió del mundo definitivamente.
En sus andanzas llegó a la orilla del mar y quiso ser algo más simple. Quiso ser pez y nadar libremente en sus aguas saladas. Se lanzó al mar y creyó encontrarse con Tetis y las demás ninfas, con las sirenas marinas y con Neptuno. Deseó que le salieran escamas, aletas y agallas para respirar bajo el agua y viajar a lugares ignotos. Su sueño fue interrumpido cuando casi se ahoga.
Salió del agua y entonces vio las livianas aves marinas cimbreándose graciosamente en el aire y quiso ser ave. Deseó que le brotaran alas y ser alcatraz, rabojunco, albatros y sobre todo gaviota para remontarse en el anchuroso cielo.
Ensimismado en esos pensamientos, a lo lejos divisó a Juan Salvador Gaviota que solitario volaba alto en el espacio sideral en busca de su sueño y quiso ser como él. Entonces se sintió liviano como una pluma y comenzó a elevarse más y más y más hasta que se perdió en el espacio infinito.
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa
18 de octubre de 2011
Esteban Pérez Bonilla pertenece a una generación de profesores que dejaron profundas huellas en la conciencia y en el corazón de miles de estudiantes de Salinas que supieron valorar su grandeza a través del conocimiento humanístico que con gran sencillez supo impartirles. Me cuento entre uno de sus afortunados discípulos con la gran particularidad de que a nivel de estudiante de Escuela Superior me acepto como uno de sus amigos con el inmenso privilegio de poder compartir con el socialmente fuera del salón de clases! Ahí fue lo bueno! Literatura de todas clases, historia, política, astronomía, ciencia, sociología, psicología, música, declamación, y sobre todo una guía para entender las realidades de la existencia fueron temas apasionados que dejaron huellas indelebles en mi pensamiento y que me han ayudado a vivir una vida más interesante y consciente.
Hay que seguir cantando la alabanza al Maestro inolvidable. Gracias Edelmiro por ese relato tan reveladoramente enternecedor.
Edelmiro, querido!!!!!! Aplaudo con entusiasmo.Como profesora siento que muchas veces tras años de lectura y enseñanza, la ficción me roba parte de la realidad. Tengo miedo de sacar a mi Quijote personal a dar lástima por el barrio o recitar a Shakespeare mientras algunos me miran con caras bovinas… A veces pienso a dónde irá a parar tantas palabras de mi biblioteca y en sueños creo que se desparramarán un día por el piso para inventar otro idioma.
Me encantó este relato.
Felicitaciones.
Gloria