Cuando las calles del pueblo bullían de vida, había una casa con un jardín de amapolas y un altar de la Virgen que era protegido por tres pastores alemanes. Allí todas las tardes Don Pancho le adoraba y tiernamente colocaba una gardenia al pie de su altar.

Una tarde vio cuando un zorro de Las Marías, les tiró un hueso a los perros y se robó la perfumada flor. Lleno de ilusiones, el perverso se metió en un oscuro bar al cruzar la calle. Allí una Rosa, en cinco minutos le partió el corazón.

Salió del bar muy maltrecho y volvió a cruzar la calle y sin tomar en cuenta a los cancerberos se tiró a los pies de la virgen… y a gritos el anatema pidió clemencia. Al otro lado de la calle el bar quedo incinerado tras una combustión espontánea.

©Roberto López