Veía ayer tarde las noticias del Canal 4 y a pesar de ya estar más-o-menos acostumbrado a su contenido, no dejan de asombrarme algunas expresiones de los entrevistados como parte de la noticia de la ejecución de un sujeto en una de nuestras comunidades. Prácticamente todos los entrevistados residen en la misma comunidad.

Una señora, sus hombros con una toalla, mostraba su indignación por el asesinato. Naturalmente, uno debe de sentirse indignado, triste, inquieto, ante esta ola criminal. No obstante, captó mi atención por lo que decía:

“El que mataron no merecía esa muerte”. (Y yo me pregunté, ¿se la merece alguna otra persona?) “Él era bueno pues en las Navidades siempre usaba miles de dólares en juguetes para nuestros niños y hasta traía una orquesta de salsa y celebraba una fiesta con varios lechones asados y de eso disfrutábamos todos…” Claro. Eso lo hacía bueno.

Más tarde, el reportaje describía la vida delictiva en que se movía el delincuente asesinado. Pero para sus vecinos el individuo era bueno. Esa es la mentalidad que permea toda nuestra sociedad. En todos los niveles y en todos los espacios. Que no se diga que es solamente la mentalidad del caserío o de los pobres. En esa mentalidad no hay diferencias de clases.

En esas cosas pensaba y no pude evitar recordar una conversación que -muy a pesar mío- escuché hace un par de años. Me encontraba en una funeraria (claro, de visita, no de cliente) y salí al exterior con un vaso plástico de café, (el único servicio que me puede agradar o interesar de una funeraria). Encontré a un viejo amigo, ex compañero de Escuela Superior y por tanto, sí, es un viejo amigo. Éste conversaba, ¿o debería decir que discutía? de política con otro conocido. Me invitaron a sentarme en el mismo banco. El café estaba caliente. La discusión también. Yo sorbía
mi café mientras divagaba en cosas ajenas a lo que ellos discutían. Dejé de divagar y presté mayor atención cuando escuché al viejo amigo, que ahora, según me dijo, es predicador de una religión fundamentalista, decir:

-Ah, bueno, sí, Roselló robaba, pero dejaba para los demás…

Nada más con el testigo. El otro conocido se volvió a mi y me preguntó qué yo creía de eso. Y yo, que ya estoy hastiado de ese tipo de dinámica y más aún, de esa mentalidad, me encogí de hombros y le dije: “No sé…”

Pero me sentí avergonzado. Me avergonzó descubrir que aquel muchacho noble con quien compartía en mis años de adolescencia hubiese alcanzado tal grado de cinismo. Porque lo que se infería de sus palabras es que todo está bien mientras podamos gozar parte del botín. Tal vez más que vergüenza lo que me provocó aquella inmoralidad fue decepción y repugnancia.

Pero sucedió algo más significativo. Cuando acabé con el café procedí a prender un cigarrillo. Y el viejo amigo, muy solemnemente -como corresponde a un buen apóstol- se volvió hacia mí y me dijo: “Oye, hermano, el cuerpo es el templo del Señor… Contaminar el templo del Padre Celestial es un pecado…” Bueno, pues yo, como corresponde a un buen adicto a la nicotina, no pude abstenerme y le respondí:

-El cerebro, donde se gestan las ideas, los pensamientos, los valores… ¡ése es un templo del Señor!

Me miró algo extrañado y no dijo más. Acabé mi cigarrillo y regresé al interior de la Funeraria. No he vuelto a encontrarme con aquellos dos ex-muchachos. Mejor así.

Pero esa es la mentalidad imperante. Aún cuando no todos los miembros de la sociedad la compartan. Lo que da lástima es ver cómo los “valores” se tuercen y se ponen al servicio del mejor postor. Sabemos quiénes roban, quiénes mienten, quiénes son corruptos, pero si son “de los nuestros”, los defendemos y los justificamos a brazo partido.Y los llamamos buenos. Como cuando un periodista entrevistó a varios transeúntes de la plaza de Vega Baja con motivo de la convicción en corte de su alcalde por soborno y malversación de fondos. Casi todos los entrevistados hacían comentarios tales como: “…fué nuestro mejor alcalde… dejó una obra hecha… si vienen otros serán peores… ah, todos roban…” Claro, ese es bueno.

Como dije, yo no puedo evitar pensar en estas cosas, aunque a veces preferiría… ni pensar.

José Manuel Solá Gómez