Rechina la vieja mecedora bajo su peso. Conversa consigo mismo,

“¿Mujer, por qué te marchaste? !Sabías lo que me esperaba! !Perdona!, no fue tu voluntad, tu jamás me hubieras abandonado. Los muchachos se mudaron todos a esa cárcel grande que llaman ciudad.”

“Trataron de que me fuera con ellos pero apenas pude resistir la semana que pase allá sin oír los coquíes, el cantar del ruiseñor ni de noche ver las estrellas.”

“!Si pudieran venir más a menudo a verme!, pero les queda demasiado lejos mi casucha.”

Se levanta y entra. Le pone la tranca a la puerta. Se tira en el camastro, cierra los ojos y casi en un sollozo dice,

“!Quizás mañana… dolerá menos la vida!”

© Jovino González