por Edelmiro J. Rodríguez Sosa 

Héctor regresó a su casa después de un viaje que duró diez largos años.

Estuvo en jardines de belleza inimaginables con flores de todos los colores, tamaños, formas y de aromas exquisitos. Visitó parajes con paisajes celestiales adornados con colores y matices que ni el más avezado pintor ha podido sacer de su paleta.

Durante la travesía visitó infinidad de mundos extraños llenos de sombras y monstruos de formas grotescas que expedían olores nauseabundos y vomitaban toda clase de inmundicias.

Escaló montañas más altas que el Everest y bajó a simas de profundidades infinitas.

Cuando regresó del viaje su madre lo acomodó en un dormitorio finamente decorado. Armonizaban con el decorado tres ventanas de cristal por donde se colaban las luces multicolores del día y de la tarde al caer el sol. Por las noches, las misteriosas sombras nocturnas, acompañadas por la blanca luz de la luna, penetraban a la alcoba del viajero y lo invitaban a meditar en el creador.

Nunca pudo descubrir porque en el patio de la casa había una estructura parecida a una cárcel.

©EJRS,17 de septiembre de 2012