Tuve una abuela como la primera palma de la tormenta, cuarteada por los años.

Me protegió con su ternura mientras el tiempo la adormecía…

En la cocina guardaba la correa junto a las llamas mortecinas. Y el humo de su cigarro jugueteaba con mi rostro.

Se tomaba un café prieto y decía: ¿Sabes tú la historia del Jacho Centeno?

Antes de la creación de este pueblo, hace muchos años atrás fue castigado por Dios y lo convirtió en una lumbre suspendida en el aire. Cuando murió en el mar no había tierra para enterrarlo. ¡Que apuro tenia! No encontró tumba mejor que su propia llama. Así; cuando libre levitaba, volaba sobre los matojos y entre los úcares.

Luego eligió mi abuela una tumba para el Jacho señalandola con la correa. Se acercó a mí, entonces comencé a correr.

©Edwin Ferrer