Tuve una abuela como la primera palma de la tormenta, cuarteada por los años.
Me protegió con su ternura mientras el tiempo la adormecía…
En la cocina guardaba la correa junto a las llamas mortecinas. Y el humo de su cigarro jugueteaba con mi rostro.
Se tomaba un café prieto y decía: ¿Sabes tú la historia del Jacho Centeno?
Antes de la creación de este pueblo, hace muchos años atrás fue castigado por Dios y lo convirtió en una lumbre suspendida en el aire. Cuando murió en el mar no había tierra para enterrarlo. ¡Que apuro tenia! No encontró tumba mejor que su propia llama. Así; cuando libre levitaba, volaba sobre los matojos y entre los úcares.
Luego eligió mi abuela una tumba para el Jacho señalandola con la correa. Se acercó a mí, entonces comencé a correr.
©Edwin Ferrer
He disfrutado tanto este relato que me perdí en el recuerdo de nuestras abuelitas y lo mucho que correteamos por El Campito huyéndole al Jacho y a veces al fuete. Sabemos que ellas eran ángeles y eso del fuete eran solo aguajes. Pero el Jacho existe y de aguajero no tiene nada… Muy buena historia para contarles a los nietos. Te felicito.
Me encanta este relato, lo bueno que tiene es que no se sabe si el nieto corre por miedo al espíritu levitador del Jacho Centeno o por miedo a un correazo de la abuela. Buena la descripción del Jacho.
Una versión distinta de la vieja leyenda. Muy buena.