A Lando lo trajeron a La Playa siendo un niño de seis años. Sus padres se establecieron en un terreno baldío frente al mar y allí construyeron una casucha de madera con techo de zinc.
Desde que vio el mar por primera vez quedó fascinado y prendado del él. Pasaba horas extasiado contemplando el Mar Caribe, enamorado de sus azules y cristalinas aguas.
De niño decidió que iba a ser pescador. Por eso no se ocupó de la escuela. En cambio aprendió todo lo que pudo de los pescadores más experimentados.
A la edad de once años ya estaba en el mar pescando con pescadores que le doblaban y triplicaban la edad.
Nunca se había interesado en las mujeres, pero cuando tenía veinte años conoció a Marga y por vez primera una mujer le robó al mar el amor de Lando. Marga era una hermosa joven. Menudita, de cuerpo erguido y piel tostada. Sus ojos grandes color ambar semejaban la miel de las abejas que libaban las flores de los manglares costaneros.
Después de varios encuentros amorosos la conquistó y se casó con ella. Sus padres ya habían muerto. La pareja se instaló en la casa paterna a la orilla del mar. Sus hermanos, acosados por el tiempo muerto, habían emigrado a Nueva York.
Así comenzó la vida de Lando junto a Marga. Procrearon cinco hijos. Lando pescaba de lunes a viernes y descansaba los sábados y domingos, tiempo que aprovechaba para reparar los aperos de pesca. Una parte del producto lo vendía en los restaurantes del área y otra parte la usaba para la alimentación de su esposa e hijos.
La vida de Lando transcurría apaciblemente en su rutina diaria, disfrutando del amor de Marga y viendo crecer sus hijos.
Pero, un día apareció un desconocido en la comunidad. Deslumbró a todos con sus lujos y extravagancias. Era un tirador. Cuatro de los hijos de Lando sucumbieron ante ese infausto personaje: María, Isabel, Cheito y Landito. Juan que era el menor, estaba apegado a la religión. No faltaba a una misa. Santiago, el otro hijo, era retraído. Apenas hablaba. En una ocasión tuvo una diferencia con su padre y jamás le habló.
María, Isabel, Cheito y Landito se convirtieron en drogadictos. Se hicieron esclavos del desconocido y para sostener el vicio tuvieron que vender la droga. Fueron encarcelados en varias ocasiones. En una orgía de drogas Cheito se ahorcó.
Ni Lando ni Marga a pudieron enfrentar esta situación y se dieron a la bebida. Todo el producto de la pesca lo usaban para comprar ron y emborracharse hasta perder el sentido. La vida los había arrinconado. Se convirtieron en alcohólicos. La pesca dejó de ser tarea habitual y se convirtió en un medio para obtener unos pesos para comprar ron y embriagarse. Querían olvidarse de lo que les deparó la vida en su transcurrir inexorable hacia su conclusión. Fueron muchas las veces que en el delirio de la borrachera planificaron su muerte. Pero les faltaba el valor.
En una fresca mañana de primavera se despertaron y se miraron fijamente. Lando atisbó los destellos de belleza que todavía asomaban en Marga. Ésta lo miró con una mirada llena de dulzura.
Al unísono dijeron: “tenemos que dejar esta vida”.
Lando, preparó sus aperos de pesca, se colocó al cuello el rosario de camándulas, le dio un prolongado beso a Marga y se fue pescar. Las olas del mar estaban fuera de ritmo. En ocasiones era como si en su orgía de espumas azotaran de la tierra hacia el mar.
María, la mayor de sus cinco hijos, dijo: “Papi va a regresar, es un pescador experimentado. Otras veces ha tardado más en llegar.” “Yo creo que está luchando con una sama de ochenta libras y no quiere que se le escape, murmuró Santiago. Isabel, que era pesimista, mirando hacia el suelo, sentenció: “Papi debe estar en problemas. A lo mejor se le dañó el motor y está al garete. Quizás está llegando a la República Dominicana”. Landito, el mimado de Marga, la mamá y que era vicioso, sostuvo: “a lo mejor papi encontró un cargamento y la Guardia Costanera lo arrestó. Deben tenerlo incomunicado en San Juan o a lo mejor está en un viaje pa’ olvidarse de esta miseria”. Juan, el religioso de la casa, dijo: “en vez de estar pensando tonterías debemos ponernos a rezar para que Dios lo ayude y lo traiga sano y salvo. Papi está vivo”, afirmó de manera categórica.
Por la mente de Marga, que había permanecido callada, pensativa y cabizbaja, pasaron en tropel todos lo momentos que había vivido cerca de Lando. Las veces que se dejaba acariciar hasta el éxtasis. Las veces que en noches de frío Lando la acurrucaba en sus fuertes brazos casi hasta asfixiarla. El nacimiento de todos sus hijos, la alegría de Lando cada vez que llegaba un hijo. Pensó en como la felicidad había abandonado su familia. Cómo comenzaron a emborracharse. El momento de ternura en que se dijeron: “tenemos que dejar esta vida”. Entonces se sumió en un silencio interminable.
Una osamenta cubierta de algas con un rosario de camándulas al cuello fue encontrada entre las piedras del Cayo Media Luna dos años después.
© Edelmiro J. Rodriguez Sosa, mayo 2009
Hola Edelmiro,
Me gusto mucho la historia de Lando. Pero tengo una pregunta. ¿Es veridica? ¿Eso paso alguna vez en Salinas?
Edwin, graccias por tu comentario. De acuerdo contigo, la droga nos envenena como pueblo.
Me gusto la histora de Lando, he percibido la vida costera con muchos casos similares. Una pena real que embarga el medio ambiente nuestro. Quisiera que un día este malévolo vicio desaparezca para siempre de nuestros rincones, que a tanta gente humilde ha hecho tanto daño. Aplaso de pie Edwin.