Por Edwin Ferrer

Frente a una cortina majestuosa el cura encendió dos velas y comenzó el sepelio. Pudo haber sido el “George Clooney”, o tal vez James Bond engalanado con un” tuxedo” para ir a jugar en un casino. Hoy era el protagonista de una presuntuosa novela: maquillado, bien peinadito, manos entrelazadas esperando uno que otro besito; en fin, hasta una sonrisa alegre le sacaron del rostro.

corona floresEl sarcófago era más costoso que todas las pertenencias que poseía y una de las cortinas pudiese haber sido útil y cubrir su cuerpo en las noches frías de invierno.

Juanchito fue bien pobre y vivía en una pocilga del barrio Borinquén.

Sus manos lucían como las de un rey, distintas a cuando laboraba en la industria de la caña de azúcar para sostenerse.

Nunca había visto tanta gente a su alrededor; muchos merodeaban la mesa repleta de galletas con queso, chocolate cortés y dos o tres botellas de ron Palo Viejo.

Jamás pensé que no tenía familia. Noté carros de lujo frente a la funeraria rotulados con cal despidiendo al difunto. Uno de los concurrentes sacó de su bolsillo una poesía y comenzó a recitar un acróstico a Juancho. Jamás pensé que Juancho se convertiría en un profeta esa noche.

Siempre lo vi solo y triste alimentando los pichoncitos con el pan que le sobraba. La mayor parte de su vida lo vi sin zapatos y cuando no había zafra se sostenía haciendo recados en la vecindad.

Entre los versos nunca se mencionó la muerte de Juancho. Pensé que Juancho era la figura principal del acontecimiento, pero todas las manos aludían a las del embalsamador quien pudo ocultar las marcas de soga en su cuello.

Al final de su jornada hubo llantos, risas, desmayos y un montón de terrones de tierra besados cubrieron su ataúd. Fue la primera vez que vi a Juancho cómodo, bien vestido, afeitado y con una sonrisa en su rostro.

Lo que más me apenó fue cuando los que vinieron en los carros de lujo se peleaban por la vieja nevera con una alcapurria roída y el terreno de la pocilga que dejó Juancho.

©Edwin Ferrer