El otro día y previo a mi sagrada siesta de la tarde como recompensa a una mañana de arduas labores cotidianas, dejé mi memoria divagar hacia los tiempos de Pugnado Adentro. Fue este barrio donde nuestro padre decidió un día comprar una finca de 361 cuerdas y dedicarse con sus manos de pianista y educador a la agricultura. Ese será tema de otra ocasión… 

En ésta, me fui a los días del corte de la caña cuando decenas de trabajadores arremetían con brío y ahínco al imponente cañaveral. Los afilados “perrillos” se levantaban hacia el sol, reflejando la mueca sarcástica del iracundo rubio quien sabía que los estaba hostigando sin misericordia. 

CañaveralCosa rara, mis recuerdos enfocaron a una figura a veces desapercibida por la mayoría. Le llamaban “el aguador”. Era este un hombre a quien (por lo regular) la naturaleza no lo había dotado de la corpulencia requerida para las labores del corte de caña o a veces un muchacho escasamente saliendo de la pubertad. 

El “aguador” se mantenía en la periferia del área de corte, velando por la señal proveniente de un trabajador para que le llevara agua. Entonces cargando en la mayoría de los casos un latón que otrora había contenido manteca de cerdo y al cual le había hecho dos agujeros en lados opuestos, pasándole entonces una soga rústica, lo levantaba a veces echándose la soga por alrededor del cuello y otras simplemente alzándolo con su mano diestra mientras la otra cargaba un cucharón de metal. La mayoría de los trabajadores tenían ceñidos al cinto de hollejo de plátano un pote de metal casi siempre de avena o cualquier otro tamaño similar y a éste le habían hecho un agujero y pasado un alambre en forma de cáncamo para guindarlo a la cintura. Cuando el aguador se acercaba, sacaban el pote de la cintura y el aguador procedía a llenarlo. Alguno de los trabajadores hacían un gesto de agradecimiento y otros (los menos) balbuceaban un comentario de mofa por aquella labor tan “denigrante” para un hombre estar realizando. El “aguador” entonces volvía a la periferia y así continuaba el día el cual había comenzado con el iracundo rubio descargando su machismo mañanero solo para verlo desaparecer tímidamente ante la inminente llegada de la señora Luna….

©Juan Carlos Ramos