Después de abrir la cámara mortuoria y descubrir lo que había en ella quedó petrificado. Cuando pudo moverse se dirigió hacia la puerta derecha de la morgue. Por allí se salía a un espacio poblado de árboles tan frondosos que a penas dejaban pasar un rayo fugitivo de sol. La penumbra, a veces llegando a la oscuridad total, estaba en sintonía con su estado de  ánimo. 

Se sentó en un banco de madera salpicado de algas de un verde intenso. Un ave volaba trazando sendas invisibles en su ir y venir. Él se quedó absorto mirando el ave, como si quisiera volar hacia regiones ignotas. 

El aullido de un perro sin pelo y rascándose con sus garras hasta convertir lo que le quedaba de piel en una mancha oscura de sangre, lo sacó del ensimismamiento. Miró fijamente al desgraciado animal y se comparó con él. 

En ese instante su pensamiento voló hacia el cadáver destrozado, irreconocible que había visto en la morgue. Su esposa había sido violada, desfigurada y luego asesinada vilmente. Entonces vino a su mente el violador y asesino que aún no había sido capturado. ¿Qué lo había llevado a actuar de esa manera? Trató de zafarse del odio que sentía. Entonces decidió vengarse. 

Lo encontraron muerto de un disparo que le perforó el corazón.

 

© Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 5 de nov. de 2012.