bolas de billarMe di cuenta que ya podía ir al billar de Abelardo, cuando me pegué en la cabeza con un tabla cruzada sobre el portón de mi casa. Ese día iba a ser mi inauguración para codearme con la élite de los gladiadores del pueblo. Era un edificio antiguo parecido al coliseo romano ya en ruinas. Lo único que quedaba de él era una pequeña cueva donde resaltaban sobre el paño verde, aquellas quince bolas en colores, hechas de marfil. Allí se encontraban los guerreros del pequeño pueblo. Los mismos que defendían su comunidad, tanto allí como afuera.

Ese día me sentía como Espartaco camino a la arena, el único problema era que yo era tan flaco que podía haberme acostado en una aguja de coser y arroparme con una hebra de hilo. Dejándome llevar por las películas romanas, entré a la arena sin problemas. Claro, tuve que saludar a los presentes con seriedad, pero bastante relajado. Tenía que exhibir que había cría.
— Abelardo ponla—
Me referí a que acomodara la mesa de billar para jugar un partido con él.  Me dejó romper y de suerte eché dos bolas en las troncheras de cada esquina. La minga quedó atrapada y le jugué una juyeya.  Me miró molesto porque él era muy honesto y me hizo lo mismo para que aprendiera las reglas. Cuando me tocó el turno de tirar entraron por el portal el Chuco, Gulembo, Gagute, Pascasio, Guetón, Congo, Cuqui Pérez, Blasito, Johnny Manzanet, Maneco, Gustavo Toro, Tito Gavilán, Toño Guinea, Gigante, Félix Bonilla, Félix Ortiz, Checo, Iván Cruz, René, Navarro, el látigo negro (de los Poleos) y el campeón Mundial del peso welter, Cholo Espada.
Cuando vi aquel cuadro de guerreros comencé a sudar profusamente. Quería dar lo mejor. Cuando atiné, tiré la bola que se salió del billar y le pegué al Chuco en el pecho. Todo se paralizó. En aquel instante sólo pensé en el olor a jeringuillas del hospital que quedaba cerca de mi casa. Sabía que si me enganchaba con aquel puño me iban a tener asilado por una semana. Se acercó a mí y lo primero que me vino a la cabeza fue la historia de David y Goliat, el problema fue que dejé la honda en mi casa. El me miró de arriba abajo, yo me le cuadré y cuando pensé que iba a tirar el primer golpe él se rió diciendo en voz alta:

—Tráiganle una cervecita al Kaminero.—

Ese día salí victorioso porque me hice un gladiador más de mí querido pueblo y amigo de todos sus defensores.
© Edwin Ferrer 06/12/2009