En medio del fragor de la batalla en los campos de Correa se oyó un grito desesperado que salía del alma de un soldado en peligro de muerte: ¡Dios mío,  Dios mío, si salgo vivo de aquí te prometo que caminaré a pie de Cayey a Salinas!

Quizás, al lanzar su desgarrador grito, Yuyo pensaba en sus tres compueblanos que ya habían ofrendado su vida en combate en esa lejana tierra: Pablo González, Fernando Luis Torrent Morelli y Santos Cruz.

Regimiento65En esa guerra el glorioso Regimiento 65 de Infantería, compuesto por soldados boricuas a quienes llamaban los Borincaneers, fue ejemplo de valor y arrojo para las tropas enviadas a combate.

Una de las batallas más sangrientas en las que participó el Regimiento de Puerto Rico fue el de la toma de la montaña Kelly.  Allí fue  que Yuyo lanzó su suplicante grito.

Yuyo salió ileso de aquel infierno.  Cumplido su término en Corea regresó a Puerto Rico e inmediatamente se encaminó hacia Cayey, la ciudad de las brumas, para cumplir su promesa. Al despertar el sol y con el trino de las aves canoras emprendió su caminata hacia su natal Salinas.

Fueron muchos los que, jubilosos, le acompañaron en el trayecto.  Otros se encargaron de organizar el recibimiento de héroe que se le iba a tributar.  Participaron en la organización líderes cívicos, religiosos y políticos.

Yuyo llegó al pueblo a eso de las doce del mediodia.  Llegó con la frente en alto, erguido como buen soldado, su rostro“colorao” y  su ropa empapada en sudor.

En el barrio Las Marías, a las puertas del pueblo, lo esperaba una multitud.   Ya en ese momento venía  acompañado por un nutrido grupo de personas.  Según pasaba por los barrios y bajaba La Piquiña se le unían sus compueblanos: los que lo conocían o los que por fervor religioso o patriótico querían acompañarlo.

La tropa 105 de Niños Escuchas, liderada por Mister Ramos,  era la encargada del orden.  Formaron un cordón humano para que la gente lo dejara pasar.   De esa forma el pueblo, entre aplausos, lágrimas y gritos lo acompañó hasta el templo parroquial.

Cuando pasaba frente a la Plaza del Mercado una viejita le gritó: “Dios te bendiga hijo mío y de Salinas” y le estampó un beso en la mejilla.  En los ojos de Yuyo se asomaron unas lágrimas que denotaban su emoción.

A la entrada del templo lo esperaba un emocionado Padre Torres vestido con sus atuendos sacerdotales.  Después de la bienvenida formal, se celebró la obligada misa de acción de gracias.  Luego las autoridades se desbordaron en elogios a nuestro héroe.  Finalmente él tomó la palabra y narró lo que había sucedido.

Cuando Yuyo comenzó a hablar se hizo un silencio absoluto.  La iglesia y los alrededores estaban atestados de público.  Todos querían oír la narración de los hechos acaecidos en aquel día y en aquella lejana tierra que ya había cubierto de luto a Salinas.

Yuyo comenzó dando gracias a Dios por haberlo librado de la  muerte en aquella sangrienta batalla.  Luego agradeció a su pueblo por el magno y emotivo recibimiento.

Se armó de valor, con los ojos aguados y voz entrecortada por la emoción que lo embargaba contó que en aquel fatídico día, alrededor suyo, caían uno tras otro, los cuerpos de sus compañeros del 65, ultimados por el fuego concentrado del enemigo,  El campo de batalla era un infierno cubierto de sangre y de restos humanos. De allí nadie saldría vivo. Pensó que su vida concluiría lejos de la patria.  Entonces fue que lanzó su grito, su oración de súplica y su promesa al Señor Jesús.  La respuesta  fue inmediata.  Cesó el fuego enemigo y milagrosamente pudo salvarse y regresar a su querido Puerto Rico.

EPÍLOGO

Yuyo murió en un accidente automovilístico alrededor de un año después de haber cumplido su promesa.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, mayo 2009

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