Fue rey en el trono del cafetín de doña Domitila.  Su apariencia total lo convertía en una leyenda andante.  Inventó su guaguancó basado en la filosofía del pueblo y se moldeó según los ingredientes que lo rodeaban:  dómino, tabaco y ron.  Un día se subió a la tarima en unas fiestas patronales  y le pidió al maestro de la primerísima Orquesta de Tommy Olivencia que lo dejara cantar una canción.  Cuando se posó detrás del micrófono la gente pensó que estaba loco.  Todos comentaron que iba a hacer el ridículo. Sonaron las trompetas en un armonioso vaivén y al momento de salir a cantar detuvo el concierto hasta que le pusieron atención.

—Otra vez maestro—Dijo.

<<<—Mujeeeeeeer si puedes tu con Dios hablar

Pregúntale si yo alguna vez te dejado de adorar…>>>

—Comenzó su canción y todo el mundo se quedó en silencio, estáticos de emoción. La perfidia lo colocó en el primer lugar del hit parade del pueblo de Salinas.

—Otra, otra, otra.—Pedía la gente.

Pasó la prueba del ridiculómetro pero desde ese momento, por alguna razón, la fama lo convirtió en” Moncho el loco”.  Quizás ese fue su estímulo para educarse en la universidad y haberse graduado con buenas notas. Por un tiempo trabajó, pero se dejó arrastrar por las filosofías de la calle creyendo lograr el camino más sencillo el ya afamado cantante. Sus algoritmos de posibilidad eran infinitos y con ello alimentaba una fantasía desbordante con los placeres del  vicio.  Preparando su alma abandonó su cuerpo deteriorando su salud.  Nunca le hizo caso al susurro de la muerte que lo circundaba hasta que se dejó tragar por los cafetines bohemios del pueblo.

Un día, caminando por la plaza a las tres de la mañana oí su voz  gimiendo detrás del micrófono sin orquesta…

<<< Y  túuuu  espejo de mi soledad, las veces que me has visto llorar la perfidia de tu amor. >>>

Cuando terminó la canción se arrodilló en la tarima y besó su pueblo para siempre… dejando la frase,” Mi locura fue tu amor.”

©Edwin Ferrer 06/17/2009