— ¡Pum, Pum, Pum!— Sonaron los cohetes a las tres de la mañana. Era comienzo de las fiestas patronales de la Monserrate.
— ¡Maldita sea, me robaron los litros de leche!— Gritó doña Juana.
Papiro ya tenía un cordón amarrado en el dedo gordo del pie, para que cuando Berto pasara por las persianas de su casa, lo halara para despertarlo e irse de rumbón hasta la plaza.
—Pzzz, Pzzz, Papiro despierta— Le dijo en voz baja y con su bigote blanco pasteurizado.
Seguían la banda municipal dirigida por el maestro Demetrio, de esquina a esquina y donde encontraran un litro de leche lo movían de una casa a la otra. Maldades pueblerinas, donde todo era tratado como una anécdota. Esa madrugada, sin Papiro percatarse, su sobrino lo siguió sigilosamente.
— ¡Que tú haces siguiéndome, regrésate a la casa!— Graznó Papiro.
—Se lo digo a güelo—-Lo amenazó ávidamente el niño.
— ¡Te voy a sellar los labios con brea para que te calles la boca!—Refunfuñó el tío.
En esos momentos Berto sacó una caneca de ron Don Q y Papiro trató de taparle los ojos al sobrino para que no se diera cuenta, pero fue muy tarde.
—Si no me das de beber se lo digo a güelo.—Dijo relamiéndose el niño.
—Tú eres menor—le advirtió Papiro.
—Y tú también bah, se lo voy a decir a güelo.—Esta vez lo señaló con el dedo índice.
El Berto destapó la botella y vertió un poco de aguardiente en la acera.
—Este es pa’ los muertos.—Dijo.
Cuando el menor de los tres engulló el primer trago, hizo una mueca de chino con la boquita acochinada y aulló como un coyote en el medio del desierto, aunque estaba en la tarima de la plaza con su jauría de amigos.
Siguieron dándose tragos y sucedió lo inesperado: los tres parecían tres perros cojos caminado de lado a lado. Cayó el crepúsculo y Papiro se parecía a Drácula, no porque se iba a quemar o esfumarse al salir el sol, sino porque el abuelo lo iba a quemar con la correa.
Enseguida corrieron al cafetín de Manolo y pidieron un tres y dos y cinco de luncheon meat. Se comieron aquel sándwich embarrado de mantequilla de la PRERA dentro del pan de agua y salieron empancinados. Berto arrancó para la casa y Papiro se tuvo que llevar a su sobrino al hombro.
—Tengo que avanzar antes que Papi se levante.—Decía, caminando rápidamente con el niño rebotando sobre su cabeza.
Cautelosamente entró por la puerta de atrás, pero ya su papá estaba despierto.
— ¿Qué sucede? ¿Por qué llevas al niño al hombro?—Preguntó. 
—Se, se, se, quedó dormido en el balcón.— Contestó tartamudeando.
En esos momentos sonó otro cohete y el niño se despertó.
¡Pum!
¡Qué bueno está ésto! ¡Atángana! Con razón Papiro bebe tanto. Ese día el tío se escabulló en el campito al rayar el alba y finalizar la Diana.
© Edwin Ferrer 06/14/2009
Muy bueno, Edwin, a mi me llena de alegría esta frescura del Caribe, con sus modismos en el habla, me haces descubrir un mundo nuevo, como cuando uno lee a Gabo y se queda con los ojos abiertos ante las costumbres y la verborragia de una América desconocida
para los del Sur.
Te envío un enorme abrazo y me sigo riendo por la borrachera colectiva jajajajaj
Gloria