Yo no soy de Salinas; sin embargo, el color ocre de sus paisajes y suelos está en mi registro genético: resuena en mí desde que bajo la cuesta de Cayey, y al ver el valle me parece que llegué a un lugar conocido desde siglos atrás. Y es que mis antepasados, por la cepa de mi madre, son oriundos de Barina, el barrio más al sur de Yauco, que colinda con el mar Caribe y comparte con Salinas su topografía y sus colores, aunque sus respectivas historias no son del todo iguales. Creo que de tanto oír las vivencias de mis abuelos y de la infancia de mi madre, ese entorno sureño permeó en mí, aún sin conocerlo.
Yo nací en pleno corazón de “la losa”, cuando todavía el Hospital Pavía era una casona rodeada de balcones. Descubrí a Salinas cuando hice mi primer viaje al sur en mi temprana adolescencia, de paso para ir al funeral de una tía abuela en Yauco.
En aquella época no existía la autopista y la ruta más cercana desde San Juan era la temida ruta de La Piquiña. Entonces, no entendía el recelo de los adultos a la ruta, porque para mí la cadenciosa carretera fue un descubrimiento maravilloso.
Hacer un viaje de San Juan a Ponce era un proyecto que se planificaba con días de antelación y se hacía por tramos, parando para estirar las piernas en La Muda, más adelante en Caguas y luego en Cayey, en un restaurante que si mal no recuerdo se llamaba La Unión de Todos. Allí se recuperaban fuerzas para emprender la gran hazaña de atravesar La Piquiña.
Recuerdo que íbamos en el carro de mi tío, porque era el único apto para el viaje y por eso iba estibado de gente como un carro público. Yo tenía unos diez u once años y contrastaba con el resto del grupo, compuesto de padres, tíos y abuela, extrañados por mi interés en ir al funeral de una parienta desconocida. Mi interés, a decir verdad, era encontrarme con aquellas fascinantes vivencias y no dejar escapar la oportunidad de recrearlas. A partir de ese viaje, siempre decía presente en cuanto funeral de pariente se mencionara, porque lamentablemente sólo se viajaba cuando había un funeral, y como la familia de mi madre era numerosa, fueron muchas las veces que pude disfrutar de los viajes a los velorios.
Durante el trayecto me la pasaba brincando de una esquina a otra, asomándome por la ventana para admirar los árboles de flamboyán y almendra, que eran los que reconocía, y divisar el color plateado del yagrumo, destacándose entre el verdor del monte. Devoraba el paisaje de las abundantes miramelindas con sus tonos rosados y blancos que alfombraban todo el borde de la ruta. Contaba los muros de las alcantarillas de las tantas quebradas que pasábamos, que yo imaginaba banquitos puestos ahí para sentarse a admirar el paisaje, los mojones blancos de cemento que indicaban cada kilómetro que recorríamos y las cruces rodeadas de flores plásticas que aparecían cada dos o tres curvas, recordando la víctima de un accidente fatal. No fueron pocos los regaños que me llevé de mi padre, quien temía que las cañas que sobresalían de los camiones que repechaban por allí, me azotaran la cara, pero seguía asomándome para ver hacia abajo el final de los barrancos o hacia arriba las murallas que formaban las montañas que la carretera bordeaba.
Una de esas montañas quedaba tan cerca, que por más que me asomaba no la veía completa. Como la montaña no dejaba de atraerme, bajo la protesta de tías y abuelas, me arrodillaba en el asiento para seguir admirándola por el cristal trasero, hasta que desaparecía repentinamente en una curva del camino. Años más tarde supe que se trataba de las Tetas de Cayey.
Ya cuando la carretera empezaba a enderezarse, la tensión desaparecía y podíamos entonces detenernos en algún puesto improvisado a la orilla para comprar frutas y viandas. Comprábamos fresas silvestres acomodadas en canastitas de paja, guineos niños, mangós, ñame y cuanta verdura no fuese cotidiana en nuestro menú.
Con el baúl cargado de olores, comenzábamos el tramo de la recta hacia Salinas y ahí aparecía el canal de riego que corría a lo largo de la carretera. Yo me entretenía persiguiéndolo con la mirada, brincando de una puerta a otra, cuando el canal cambiaba de rumbo. A veces se me perdía. Entonces localizaba a las lavanderas y le seguía la pista hasta que volvía a aparecer a la orilla de la carretera. Ya casi llegando al pueblo, el canal y yo, nos despedíamos hasta el viaje de regreso.
A la derecha, divisaba la cordillera, tan cerca y tan lejos, con sus montañas doradas que se me antojaban de plasticina y sacaba las manos queriéndolas moldear.
A través de la calle principal del pueblo y luego al doblar hacia Santa Isabel, mi diversión era delatar los negocios rotulados “Off limits” y “On limits” a pesar de la disimulada indiferencia de los mayores ante mis insistentes preguntas sobre su significado.
Más adelante, a la izquierda, un mar manso, cuya playa se adivinaba al borde de la carretera y el olor a salitre que se mezclaba con el intenso aroma proveniente del mar de cañaverales situados a la derecha del camino. En ese tramo perseguía la vía del tren que por ratos corría paralela a nuestro rumbo y observaba, por largos kilómetros, el cañaveral bailando al son del viento del Caribe, hasta que el sueño me vencía.
Luego de más de tres horas de viaje, despertaba al llegar a casa de las tías abuelas, quienes a pesar de su tristeza, se regocijaban al verme, convirtiéndome en el centro de sus mimos, y yo las acogía como si las conociera de toda la vida…
Lilia E. Méndez Vázquez es bibliotecóloga. Trabajó durante 35 años en la Universidad de Puerto Rico, recintos de Río Piedras, Arecibo y Humacao. Es presidenta de Indices CONUCO, la base de datos que indiza revistas puertorriqueñas. Luego de jubilarse cursó el Certificado en Edición y Artes Editoriales en la UPR y diseño gráfico en la Escuela Vocacional de Trujillo Alto. Era coeditora y escrito del blog Encuentro Al Sur. Falleció en septiembre de 2021.
Hola Alexis:
Me alegro que vayas a hacer el viaje por la Piquiña. No te arrepentirás. Cuando tengas las fotos envíanoslas para publicarlas aquí. En cuanto al libro, no puedo ayudarte porque no lo conozco y ya no estoy en una biblioteca por estar jubilada pero te recomiendo que hagas la pregunta en la página de Referencia Virtual de la UPR Recinto de Río Piedras. Ellos con gusto te ayudarán. La dirección es la siguiente:
http://automatizacionsb.homestead.com/Nueva-pagina-ref-virt.html
Las historias de aparecidos son muy comunes en Puerto Rico. Incluso escuché una vez a una amiga una historia de una mujer a quien ella le dio pon y luego desapareció. Fue en esa misma carretera del cuento.
Sra. Lilia E. Méndez
Gracias por la Información sobre la Carretera de la Piquiña pronto haré la ruta y de hecho llevaré mi cámara. Si no le es molestia tengo otra consulta para usted Existe un libro que debe ser de algunos añitos este incluye un cuento de la escritora Angelita Pont es sobre La Leyenda del Puente La LLorosa. Le pregunto esto por que sé que es bibliotecaria y podria arrojar una respuesta para mi. La versión de este cuento de la escritora Pont se basa de un campesino de nombre Moncho Luna que en la Carretera de Aibonito a Coamo tuvo una experiencia sobrenatural donde un bebe lloraba a la orilla del rio bajo el puente y sucedio el episodio Paranormal. Quisiera saber cual fué el libro donde esta este cuento, ya que llevo mucho tiempo tratando de conseguirlo. Le agradeceré si tendria usted alguna respuesta sobre ello. Gracias
Alexis
Hola Alexis:
Puedes tomar la autopista hasta la entrada de Cayey. Ahí tomas la carretera PR-1 a la izquierda y llegarás a Salinas a través de La Piquiña. En la plaza de Salinas viras a la derecha y todavía estas en la #1. Esa misma carretera te llevará hasta Ponce. Te recomiendo que lleves una cámara y vayas sin prisa porque la ruta es muy bonita. Espero que la disfrutes.
Hola y Saludos si yo voy de Bayamón hacía Ponce como puedo tomar la Piquiña en mi carro. Quiero saber como llego a Ponce a través de ella. Espero pronta respuesta. Y que número de carretera es?
Gracias
Alexis
Bayamon, PR
Como diría Egui, el primerísimo del Modesto Cintrón: ¨El que sabe, sabe y el que no, no¨
Josué
Ahí está, Josué. Te lo dice Sergio.
El Cerro las Tetas (Que es el más alto de Salinas) queda en la jurisdicción de tres pueblos: Aibonito, Cayey y Salinas. Las dos piedras que la naturaleza cinceló en ese lugar, y que vista desde lejos parecen los senos de una mujer, quedan en jurisdicción de Salinas. Precisamente la Quebrada El Collao marca en un tramo la frontera entre los pueblos. La Quebrada El Collao desemboca en el Río Lapa. Collado figura como uno de los barrios de Salinas en 1851. Más tarde ese barrio desaparece y pasa ese sector a ser parte del barrio Lapa, que se conoció antes como barrio Ausubos. Unas 7.8 hectáreas de la zona fueron declaradas reserva natural en el 2000. Lamentablemente el paisaje natural está contaminado con estructuras construidas cerca de las Tetas de Cayey, como se le conocen popularmente a estos dos promontorios. Les corresponde a nuestras autoridades municipales, junto con el Departamento de Recursos Naturales, habilitar la reserva, que comprende las dos piedras del Collado, un bosque primario y una zona de amortiguamiento, para el disfrute de todos y como un centro de Ecoturismo que puede contribuir al desarrollo económico de Salinas. Es tiempo ya que entre nuestras atracciones turísticas figure La Reserva Las Tetas del Collado. La chica se lo merece.
Jaja. Si mi conocimiento es erróneo, dame tu versión.
Y si sabías desde siempre que eran nuestras Las tetas, dime porqué no le dijiste a Sergio que nos lo dijera. Después de tanto salinense criao con leche de vaca y leche de PRERA, ahora es que lo vienes a decir?
Tas caliente conmigo, Lilia.
Josué
Cedric, ahora me entero que alguna vez las tetas fueron de Cayey. Yo siempre supe que eran de Salinas, pero así es como se conocen. Recientemente aprendí que también son llamadas las piedras del Collado. Gracias por tu comentario.
A la verdad que su relato es parecido a una película tomada en esa travesía. Como bien dice Josué las arqueadas y el mareo que causaba la travesía entre montañas y curvas eran para mi un gran dolor de cabeza, no obstante mi familia no dejó de tomar esa ruta todos los domingos para disfrutar del turismo interno y hacer nuevas amistades en los pueblos del centro de la isla. Ya una vez crecido, disfruto mucho el tomar esa misma ruta que en mi niñez era mi calvario. Le felicito por su narración y quisiera participarle que ya las tetas no son de Cayey sino de Salinas.
Una verdadera lástima eso de no haber padecido de arcadas porque, sin duda, le hubiese dado ese toque dramático al relato e, incluso, hilaridad. Para los de acá, los del Sur, esa era la razón por la cual nos aterraba tanto el viajecito.
Josué
Gracias por sus comentarios Dante y Josué. Viniendo de maestros como ustedes, me siento halagada. Todavía a veces escojo esa ruta para ir al sur y sigue teniendo el mismo encanto que la primera vez, aunque muchas cosas han cambiado. De las arcadas, nunca he padecido. Si no, la historia sería distinta.
Lilia te felicito por darle a Encuentro el mapa de uno de tus tesoros de juventud. He seguido el trayecto que describes paso a paso y palmo a palmo y tengo la satisfacción de poder decirte que siguiendo la ruta que trazaste se reveló maravillosamente el tesoro guardado en tu corazón en el mio propio. Ese incomparable paisaje de Salinas es tesoro común en todos los Encontristas del Sur. Salves a Salinas del corazón. Gracias por revelarnos uno de tus tesoros.
Me gusta tu crónica en el tiempo, Lilia, primero porque está bien redactada, bien contada, por su dicción y porque mantienes a control esas ansias que atacan a los cronistas de viajes y recuerdos de decir más de lo que deben.
Lo anterior es más que suficiente para clasificar tu texto de antológico, porque cumple bien los requerimientos de la buena prosa, clara, elegante y sugerente. Pero tiene más tu escrito, Lilia, mucho más. Tu escrito es un breviario de todo un momento de aquellos años cuando, en verdad, cruzar La Piquiña, era cosa seria.
No se porqué razón esperé el momento de las arcadas y el tradicional vómito (quizá eso era patrimonio de los del Sur) cuando te movías de un lado a otro en el carro para mirar barranco abajo, arriba en las paredes de piedra o recreabas tu mirada en la vegetación exuberante que crecía por la libre en aquellos parajes.
Se siente el viaje en tu narración. Se siente la brisa refrescando nuestro rostro y la hermosura del paisaje que describes con tanto acierto y sin artificios que afean si no se les sabe emplear.
Me gusta, creo que lo di a entrever más arriba, el estilo limpio, incontaminado, refrescante, cadencioso y libre de tu prosa, muy al estilo de la mejor prosa que he leído en años.
Me has dejado gratamente sorprendido. No sabía que, además de tener muy buen gusto por el arte, dominabas tan a la perfección el arte de juntar palabras para expresar un pensamiento concreto de manera coherente y sugerente.
Te felicito.
Josué