Recuerdo que al salir tuve dificultades en introducir la llave y que luego le di dos vueltas a la cerradura y comprobé que dejaba la puerta completamente cerrada. Sin embargo dos cuadras después me entró la duda. Yo estaba plenamente seguro de que la puerta estaba con dos golpes de chapa. Pero algo en mi interior me decía que debía verificar. Otra vez volvería a llegar tarde al trabajo. Inventaría una nueva excusa.
Regresé tratando de no pisar las líneas del piso. Ciento cuarenta y ocho pasos exactos me demoré en regresar. Saqué la llave y algo extraño sucedió. La llave que tenía entre mis manos era una llave muy antigua y no entraba en la pequeña cerradura. Entonces agudicé mi oído y escuché algunos ruidos detrás de la puerta y era algo más extraño porque no debía haber nadie dentro de la casa.
Revisé nuevamente mis bolsillos, pero no tenía otra llave. Entonces fue que la vieja puerta se abrió con ruido de portón viejo. La sonrisa fresca de una niña apareció diciéndome: “Abuelito, por fin has regresado”. Inicialmente pensé que me había equivocado de casa, miré la dirección: Calle Los Lémures Nº 888. Era mi casa, y yo a mis 28 años no tenía nietas. Sin embargo la niña insistía en llamarme abuelo.
Me tomó de la mano y casi ni reconocí mi propia casa desordenada, hasta que llegamos a la habitación de nuestros ancestros que parecían sonreírnos.
La niña, con lazos azules en el cabello, vestido celeste y babuchas celestes, no cesaba de sonreír. Observándola bien, estaba vestida a la usanza del siglo pasado. “Solamente falta que llegue el Guardián de los Retratos y por fin estaremos completos”, me dijo. Me señaló el Cuadro mayor que dominaba la sala de los retratos y, el retratado, todo desteñido parecía sonreírme.
Sentí un mareo, un leve desvanecimiento, como un suave remolino y me vi trasportado hacia el viejo retrato. Luego de un momento me di cuenta de que yo estaba mirando la Sala de los Retratos desde el cuadro del cual nunca había salido.
©Manuel David Arce Martino
El autor es un escritor peruano ganador de varios premios en certámenes de cuentos en su país. Además de desempeñarse como médico psiquiatra practica la fotografía artística.
Argentina, Perú, España y Puerto Rico, cuatro distancias en lo geográfico unidas en un idioma que nos enlaza y nos ensalza. Cuatro caminos que convergen en un mismo camino: la literatura.
Nos complace sobremanera este encuentro de experimentados ficcioneros en nuestras páginas cibernéticas. La amistad es así, la disuelve la obligada distracción que imponen los senderos separados. Pero qué bueno cuando esos caminos se reencuentran. Inevitablemente, la memoria se activa y es la hora de de sentarse a tomar un cafecito. Acá, Encuentro… al Sur los invita.
Pepe, amigo, mañana sale rumbo a Sevilla mis Cuentos y des-Cuentos. Aprovecho para contestar una pregunta quer hicieras en otra entrada, referente a la Virgen de Monserrat y la Monserrate. Es la misma virgen morena, patrona de mi pueblo. Ya vez, amiogo, Dios los cria y el pueblo los junta.
Tienes razón, aquí, por arte y gracia de las letras de David, nos unimos entrilogía estos viejos marineros que muy bien podríamos decir, con el sonero boricua, Malvin Santiago (QEPD): “En altamar son Capitán. Pirata yo soy de la mar…”
Un abrazo.
Josué
Bueno David, este cuento tuyo se ha convertido en una reunión espontánea de aquella Esquina de tan gratos recuerdos.
Si ya te lo digo yo: no te muevas del cuadro que luego la foto sale movida.
Un abrazo, de ficcionero a ficcionero. Y otro a Josué. Y a Gloria un beso.
Pepe Quesada.
Qué bueno verte por aquí David. Hace tanto no sabía de ti que pensé que la ciencia había reclamado lo suyo en ti, pero veo que las letras, y las tuyas siempre han sido de las buenas, siguen fluyendo en ti, con la misma fuerza y el mismo arrobo de los tiempos aquellas en nuestra Esquina de gratos recuerdos.
Tu prosa bien educada y sugerente nos trae un relato sin grandes conflictos y un claro edículo: un retrato, ya sea una pintura o una fotografía, no sólo atrapa un instante y lo eterniza, sino que fija una vivencia que transmuta en el tiempo.
Muy bueno tu cuento, amigo David.
Un abrazo viejo amigo.
Josué
Muy bueno David!!!!!!!!! Me encanta cuando mezclas la realidad con la ficción y cuando te asoma el psicólogo, observador de las manías o compulsiones humanas, verificar la cerradura, contar las baldosas jajajajaj y ese final inesperado, que hasta le hace pasar a uno de la sorpresa hasta el miedo.
Un hombre metido en un retrato intentando vivir en otro siglo y comprobando al fin que no sale del marco.
Muy bueno casi surrealista.
Aplausos y bienvenido.
Gloria