Tenía la espalda angosta, trabajaba fuerte entregada toda en una noche. Ella lo miraba frente a frente dejándose acariciar, sin poder defenderse. El, la fría y pálida figura dando pasos de tango al compás del acordeón de Peñaranda. Daban vueltasbar en el amarilloso bar bailando el pre-éxtasis de cinco pesos, sábado tras sábado. Los rasguños en su cuerpo eran las huellas de un pasado basados en dulces arrebatos. Dengue seguía allí buscándose el pan, tras el mísero sueldo de los picadores de caña durante la zafra.

— Pásame un palo ‘e pitorro que quiero volar—dijo angustiada.

¿Lo quieres ligao?—preguntó.

—Pásame la caneca y déjate de babosería.

Le arrebató el licor de las manos y se echó un buche del fuerte aguardiente en su boca. Cuando le bajó el trago por su garganta se empulpó a él y parecía una muñeca de trapo dando vueltas frente a la vellonera. En un descuido, un hombre que estaba ebrio sacó una corva y se abalanzó sobre su parejo. En ese mismo instante, él se bajó y la curva navaja le abrió la cara a ella desde el ojo hasta el cuello. El escapó por una ventana, dejando caer un pedazo de metal. Ella fue llevada en grave estado al hospital.

¿A qué usted se dedica?—preguntó la enfermera.

—Soy pobre— contestó nerviosa mientras le suturaban el rostro.

—Eso no es una profesión—replicó la enfermera.

—Es la única experiencia que tengo desde pequeña. Quise ser secretaria pero me cayó una maldición años atrás…—

Ese mismo día murió y durante el funeral, el nuevo comandante de la policía le arrancó al cadáver de las manos, la placa oficial.

© Edwin Ferrer 08/10/2009