Pedro Fajardo Aldarondo tenía fama de que había nacido con ropa. ¡No sé que hicieron sus padres para lograr tamaña hazaña! Se dice que no hubo necesidad de cambiarle pañales ni de darle biberón.
El caso es que se desarrolló como un niño extrovertido de inteligencia superior y con unas cualidades de liderato extraordinarias.
A los quince años ya había aprendido todo lo que necesitaba en la vida para triunfar. Se dedicó a estafar a los demás y montó un imperio basado en la ilegalidad.
A los veinte años tenía trabajando para sí a diez senadores, quince representantes, once jefes de agencias gubernamentales y un sin fin de empleados de carrera.
El jefe de la Policía era su invitado de honor en cuanta fiesta hacía para recolectar dinero para las causas nobles.
El gobernador recibía de él cuantiosas sumas de dinero para sus campañas políticas y para otras menudencias.
José Inocencio Vargas Vidot había nacido como todos los niños, desnudo. Al igual que Pedro, era inteligente, era un líder nato y a los quince años también había aprendido todo lo que necesitaba para triunfar en la vida.
A los veinte años tenía un restaurante de comidas criollas con una clientela numerosa. Era muy querido por la comunidad.
A esa edad fundó una organización para ayudar a los deambulantes y drogadictos, que sufragaba con su propio dinero.
Pedro residía en Montehiedra, tenía un condominio en El Condado y otro en la zona turística de Miami Beach. José residía en una urbanización de clase media.
José odiaba las actuaciones delictivas e inmorales de Pedro y lo criticaba acerba y abiertamente. Entre ellos se desarrolló una enemistad proverbial.
Un día se encontraron ambos en una finca de La Plena en Salinas y comenzaron una agria discusión. Había allí dos machetes bien afilaos hasta
el cabo, de esos que llaman perrillos. La discusión se tornó violenta y comenzaron a pelear a los machetazos. Pedro era más diestro en estas lides y terminó hiriendo mortalmente a José. El machete de José quedó entre los arbustos.
José, cubierto de sangre, quedó moribundo a la vera del camino. Pedro, con la insensibilidad que le caracterizaba y con una mirada de desprecio hacia el moribundo, se fue machete en mano, hacía un vado del río Majada para limpiar la sangre que empapaba el machete, sus ropas y sus manos.
Cuando estaba en esa faena, se percató que José se le venía encima y le tiró otro machetazo. El arma atravesó el cuerpo de lado a lado sin herirlo. Un destello luminoso se perdió en la eternidad.
Pedro, asustado soltó el perrillo y huyó despavorido de aquel lugar. En su veloz carrera tropezó con unas piedras ocultas entre los matorrales y en la caída el machete de su adversario le atravesó el corazón.
© Edelmiro J. Rodríguez Sosa
10 de agosto de 2009
Muy interesante la historia de estos intelectuales. Sabemos que somos humanos y a veces caemos en la forma más insignificante al morir. Este duelo a machetazos me trajo muchos recuerdos de un incidente en particular. Será La Plena el último ring de los gladiadores? Muy interesante Edelmiro y bien narrado el acontecimiento.
Edelmiro, un cuento que no lo es, porque habla de verdades, no son personajes de ficción, son tan reales que los encontramos en todas partes de la tierra. Un maestro de tango argentino, el gran Discépolo decía en su obra “Cambalache”: “El mundo fue y será una porquería”… “hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor”…
Como ves el mundo es un gran turrón de almendras indigesto. Pero uno como es poeta o narrador, juglar al fin, sigue despertando ideas, apostando al bien, aunque termine desfarrapado a machetazos.
Un abrazo y mis felicitaciones.
Gloria
Nunca pensé que un día me iban a dar un cucharón de mi propia medicina, amiga Lilia, así, como me instas, te complazco: “Escribe, carajo, escribe!”
Y, by the way, por siaca: No me jodas temprano que te ajoto los perros. Jiji
Escribe sin temor, Josué, esa palabra que dejaste a medias. Es una expresión coloquial de nuestro pueblo, parte de nuestra idiosincrasia que políticos puritanos como Pedro quieren cambiarnos. ¡Marrayo los parta!
Un cuento sin grandes sorpresas ni mucho para conjeturar, lineal y fronterizo, entre la ciudad y el campo, entre el bien y el mal. Pero muy bien escrito, sin sobrecargos y de fácil lectura. Una prosa limpia y fresca que recuerdan los cuentos, como los contaban, nuestros abuelos.
Una denuncia, un discurso llevado con la intención de educar más que deslumbrar.
Dos vidas y dos caminos que no pudieron tener ningún otro encuentro que el que tuvieron, no en la calle, sino en el surco. En la tierra y con un perrillo.
Se impuso, en la lucha, la calle, el mal, el cáncer que hoy lacera a nuestro pueblo (a la humanidad). Pero al final, ganó el campo, la yerba, el matojo y el mismo perrillo homicida mató al villano.
Te felicito, amigo Edelmiro.
Recuerda lo que te dije, “Escribe ca…, escribe”.
Josué