bueno y maloEn el Congreso de la Lengua Española, el argentino Roberto Fontanarrosa, fallecido ya para desgracia nuestra, se hizo varias preguntas. O mejor sería decir, formuló varias preguntas muy pertinentes con el tema de las malas palabras dentro del contexto literario y cotidiano, que aquí ahora parece ser asunto de mucho interés:

“¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿Quién las define como malas palabras? Tal vez sean como esos villanos de las series de televisión, que al principio eran buenos pero a los que la sociedad hizo malos”.

Interesantes las preguntas de Fontanarrosa, sin duda.

Las palabras carecen de maldad y por el contrario, cargan mucha energía reivindicadora y son, en el peor de los casos, reflejos fehacientes de lo que siente el portador de las mismas. Son sinceras.

En ellas, tanto en lo literario como en lo cotidiano, no aplica aquello de “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Como tampoco, para ir a la médula de la cosa, aquello otro que dice: “De la abundancia del corazón habla la boca”.

Las mal llamadas malas palabras son hechura nuestra. Son hijas, algunas parecen hijos, de nuestras vivencias. De nuestras alegrías y quebrantos, por lo que clasificarlas como malas sería como negarnos a nosotros mismos.  Renunciar al derecho de decir lo que se tiene que decir en el momento en que es necesario decirlo.

No son malas ni buenas las palabras. Son las herramientas de trabajo de los obreros de la lengua, como lo es el martillo y la escuadra para el carpintero.

Aquellos no adquieren una ni otra herramienta por buena o mala, sino por el uso que han de darle, porque martillos hay a montones y de escuadras ni se diga.

Imagino que ahora al refranero puertorriqueño, por virtud de estos nuevos censores del habla nuestra, habrán de darle de codo a aquellos dichos que contienen palabras “sucias”. O, lo que sería todavía peor, le cambiarán su grafismo o los modificarán intercalándoles esos signos de puntuación que dicen menos de lo expresado.

“Pa la porra albañil que se acabó la mezcla” o “Pal c… albañil que se acabó la mezcla”

Eso parece ser lo aceptado por los que no saben que lo correcto no es eso, sino lo otro: “Pal carajo albañil que se acabó la mezcla”.

Igual sería decir: “¡Me cacho en na!” o “¡Me c… en na!”, cuando lo propio es, como lo dice el pueblo, decir: “¡Me cago en na!”.

Uno de los principios fundamentales para convertirse uno en un serio aspirante a escritor (a), es perderle el miedo a las palabras. No dejar que éstas nos levanten guardarrayas ni permitir que los gustos particulares determinen el nuestro al momento de crear nuestras propuestas, porque “El Arte no está sujeto a gustos”.

Lo que aplica en el texto literario, aplica igual en el lenguaje cotidiano porque las llamadas buenas palabras se pasan al otro bando si se les usa fuera de contexto. Duelen más y pesan más porque van cargadas de cinismo y de sarcasmo, de mentira y deshonestidad.

Creo que Fontanarrosa estuvo en lo correcto al pedir “una amnistía para las malas palabras: integrémoslas al lenguaje y cuidemos de ellas, porque las vamos a necesitar”.

© Josué Santiago de la Cruz A 11 de agosto de 2008