pentagramaUna vez se arrimó al viejo hospitalillo para escuchar el combito del pueblo mientras practicaba. Poco a poco se pegó al micrófono de los coristas y comenzó a cantar guaguancó. El director de la pequeña orquesta se dio cuenta que Paquitín tenía espíritu y talento de cantante. Su primer soneo fue un éxito. Pasó su prueba con “Bilongo”, aunque se le salieron dos o tres gallitos. En ese momento el pianista le preparó un elixir de miel de abeja con limón y otras cositas más…  Al día siguiente le dieron el micrófono para que entonara una canción y “tiró las puertas por las ventanas” con “El negrito Bembón.”

—Changó e pururú e yeyé e oca ñeñe jeribó—Los aplausos lo invadían porque soneaba hasta en Lucumí.

El combito cogió auge por toda la costa sur de la isla y los grandes directores de orquestas observaban de cerca a Paquitín. Una noche durante un  fogueo salsero se había tomado una doble dosis del elixir y el nuevo sonero se dio a respetar por los que allí se desgalillaban por coger popularidad. Esa misma noche el director del combo “Apolo” lo convenció a que se uniera a ellos.

El combito del pueblo lo extrañaba, aunque siguió tocando en las marquesinas.

La primera noche que Paquitín debutó con la nueva gran orquesta sucedió lo inesperado, se le salieron como diez gallos.

— ¡Qué paquete!— comenzó a gritar y abuchear la gente.

Luego durante la segunda salida preparó su propia poción y al tomársela tuvieron que llevarlo al hospital porque se deshidrató en la tarima mojándose los pantalones.  Desde ese momento cambió su brebaje por sustancias más fuertes y tuvo que abandonar el espectáculo.

Un día en la plaza del mercado, el pianista se encontró a Paquitín cantando en frente de una conga, apagado y confundido y le preguntó:

—Hola. ¿Cómo te fue con la gran orquesta?—

El sonero no le hizo caso y siguió cantando.

—“Yo me quedo en Puerto Rico vendiendo vasos en colores.”—

© Edwin Ferrer 08/27/2009