cabroExisten y siempre han existido sociedades que se distinguen por su particular simbología. Se trata de iconos que recogen definiciones de los más diversos aspectos de la vida de una comunidad, mayormente referentes a tradiciones, costumbres, personajes, hazañas, lugares y hasta a animales con historiales memorables.

Este último elemento simbólico es particularmente muy llamativo, pues se trata de criaturas irracionales pero que alcanzan una cierta dimensión o estatura que hace que los humanos los eleven a una categoría de igualdad consigo mismos.

En la mitología griega y romana esto alcanza proporciones de verdadero éxtasis. Más adelante en el devenir histórico vale recordar el caballo de Atila. Se decía que era tan fuerte y veloz que donde pisaba no nacía más la yerba. Más recientemente tenemos el caso de Chita, la mona de Tarzán, Rin Tin Tin y en Puerto Rico el manatí Moisés.

En nuestro pueblo de Salinas también hay animales famosos. Tal es el caso del Cabro de Concha. Era un animal de color brown, tamaño relativamente pequeño, ojos saltones, una larga chiva y patas muy fuertes.

El animal vivía en la calle Monserrate, en la segunda casa localizada después de la entrada para El Campito, que era también la entrada hacia el antiguo cementerio católico de Salinas, casa que colindaba con la propiedad de Don Joaquín Torres, el Caminero.

Digo que vivía porque literalmente era así. Concha había desarrollado un profundo amor por los cabros y tenia su manada que acomodaba dentro de su casa durante las noches. Imagino que también para protegerlos de los adictos al fricase de cabro.

En la casa su Cabro Padrote era el rey. Se trata del llamado Cabro de Concha, muy famoso, identificado y reconocido por todos en el pueblo. Pasar por frente de la casa de Dona Concha era un evento muy especial porque toda el área de la casa estaba impregnada por un fuertísimo olor a cabro viejo. Algunos lo llaman tufo y otros se refieren despectivamente a ese olor como sicote. Sin embargo, para Doña Concha, una apasionada amante de los cabros, ese olor que otros calificaban de nauseabundo, para ella era algo inexistente o más bien un agradable perfume.

A pesar de que en aquellos años había en el Gobierno de Puerto Rico un verdadero empleado encargado de la sanidad pública, nunca nadie se atrevió a querellarse ni a atentar contra las querencias de Doña Concha y todo el pueblo aceptó siempre de buena gana su modo de vida.

Acontece que el Cabro de Concha acostumbraba a pasearse por todas las calles del pueblo diariamente siguiendo una ruta muy definida y persiguiendo unos propósitos muy bien delineados. Por la cabros4mañana bien temprano, llevaba a sus cabras a el pasto del Campito y como era su costumbre la hacía un servicio a cada una de aquellas que lo ameritaban. Luego de cumplir con su misión de macho cabrío, salía acompañado con algunas de ellas hacia la calle Baldorioty.

Allí comenzaba a revisar los zafacones del Segundo Frente. Este era el negocio de Don Sixto y Dona Tommy, que luego fue el Chanos Bar de Chano Beltrán, localizado en la calle Monserrate esquina Baldorioty. Los altos de este negocio eran un hotel y siempre quedaban en los zafacones algunas sobras de manjares que el animal aprovechaba.

De ahí se movía a los zafacones de la Fonda de Doña Domitila y luego de inspeccionar el área, seguía su recorrido hacia la Fonda de Manolo Centeno con similares propósitos. Al llegar a la calle Unión, cruzaba hacia La Españolita de Juan López, donde hacía el regenteo de rigor y de allí se encaminaba hacia las proximidades de La Mascota, La Maricutana y El Choferito.

Era curioso ver que en ciertas ocasiones el dichoso cabro cogía la ruta de la Plaza del Mercado. En este sagrado recinto, en no pocas ocasiones, empujado por la tentación y el deseo incontenible, realizó tiernas escenas de amor que fueron objeto de disimulados comentarios de viandantes de ambos géneros. Entiendo que lo movía el deseo de cambiar de ambiente y de menú… Su objetivo era siempre el mismo: merendar por todo el camino y proporcionar a sus cabras el debido sustento.

En todo ese trayecto se le rendía pleitesía y respeto, tanto a él como a sus acompañantes. Cualquiera desviación de lo correcto por parte de algún prospasao podría merecer un cabezazo de consecuencias impredecibles, dado sus afilados chifles. Todo ese trayecto era un ejercicio calmado de varias horas. El cabro y su séquito se deleitaban con cáscaras de guineos, chupones de china, residuos de ensaladas y para asombro de la gente, al Cabro le encantaba meterse en fiesta. Era la costumbre de los clientes de estos negocios brindarle ron y cerveza al famoso Cabro. Era todo un espectáculo verlo ya bastante jalao caminando por toda la calle Monserrate bamboleándose hacia su casa como a las tres de la tarde.

Todo el mundo conocía cuando el Cabro de Concha se encontraba cerca por el olor a “chivo matao a escobazos” que expedía. Pero ciertamente no fue el olor lo que más distinguió al Cabro de Concha. Su recuerdo imperecedero ha quedado en la historia y en la conciencia del pueblo marcada en unas lapidarias frases pueblerinas que los salinenses aún conservamos porque no han caído en desuso. Cuando queremos referirnos a un amor intenso y pasional lo expresamos metafóricamente aludiendo a “Estar más enamorao que el Cabro de Concha”. Cuando queremos referirnos al control que como machos tenemos sobre una situación, decimos emulando al Cabro de Concha: “Le metí las Cabras en el corral.”

Han pasado más de cincuenta años desde aquel nefasto día en que se regó la noticia del deceso del Cabro de Concha. Fue una muerte trágica que ocurrió a raíz de unas inundaciones muy severas que sufrió todo Puerto Rico. El Cabro había decidido trasladase al Barrio Borinquen, no se sabe a ciencia cierta con qué fines, puesto que el fenómeno atmosférico había impactado esa comunidad despiadadamente.

Conocemos que para aquella época, el Barrio Borinquen era la meca de la prostitución, el juego y del ron Pitorro, que llamaban “sin sellar”. Este tenía tanta demanda como el legal.

Lo cierto es que en el barrio se criaban puercos, gallinas, gallos de pelea y varios de sus habitantes tenían manadas de cabros. El Cabro de Concha, que se las traía en sus andanzas, de cuando en vez se le veía bajar las escaleras del malecón en dirección a la prestigiosa comunidad en que por tantos años de mi juventud conviví. Nos figurábamos entonces que lo hacía atraído por la voz de la campana mayor, que soplando sus aires en dirección al pueblo, en ocasiones impulsaba al potente animal a responder a ese sublime llamado.

Cabe pensar entonces que el intento de cruzar el río en ocasión de aquellas inundaciones debió ser en contestación a algún llamado de algunas de las cabras de Borinquen que reclamaron su presencia en los momentos más difíciles del paso del fenómeno. No se trató por tanto de un suicidio, como perversamente alegaron algunos de sus detractores. Fue un acto de desprendimiento cabruno con motivaciones existenciales que van más allá de la razón. Así debe ser enmarcado el final del Cabro de Concha, quien al no lograr avanzar hasta el otro lado fue cargado por la fuerte corriente y a pesar de sus esfuerzos cuando se logro rescatar en el Puente del Under The Trees, salida hacia Santa Isabel, ya era muy tarde. El suceso impactó a todo el pueblo de Salinas y dejó una estela de tristeza, de dolor y un vacío siempre recordado.

Estamos convencidos que de la misma manera que otras sociedades y culturas reconocieron y representaron en diversas formas los ideales del amor, nosotros como pueblo no tenemos que recurrir a imágenes exóticas ya que el Cabro de Concha es la imagen y figura preclara que encarna el más natural de los sentimientos sublimes y la más dulce de las emociones: el AMOR.

Elevar a la categoría de los merecedores de ser recordados al libidinoso animal no denigra a nadie; más bien nos hace conscientes de ese lado, que algunos equivocadamente catalogan como oscuro, de la creación divina. Ojalá que algún día, en algún lugar del pueblo, “alguien” con profundo sentido de lo que es la historia y la justicia, como acto de reivindicación, proclame la dedicación de una particular fecha de febrero la eterna conmemoración de los sublimes ideales del amor pasional que encarnó el potente animal como el “Día del Cabro de Concha.”